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martes, 27 de junio de 2023

Grima deconstruida


 

THE BANSHEES OF INISHERIN es una película equívoca, propensa al equívoco, con una extraña vocación para inmolarse a las primeras de cambio. La filmografía de Martin McDonagh transita esa senda, la de violar los códigos de cualquier género al que se enfrente, conformando un terreno nada acomodado, capaz de amargarle la velada a quien tuviese la menor expectativa al respecto. Lo que más me gusta de este drama oscurísimo y desesperanzado es el preciso delineado de los personajes, sin que sepamos muy bien sus motivaciones para abrazar ese exilio interior, pero con un poso de gravedad que les hace gravitar alrededor de un clima de pesadumbre, insoportable de no ser por una sorna maquillada de falso humor. No me parece, sin embargo, una gran película, por tremendista, por inflada de golpes de efecto, la mayoría incomprensibles y excesivamente subrayados. Es una película, esencialmente, sobre la depresión, la incomunicación, la vida detenida en esos lugares hostiles por repetitivos, donde los secretos no se cuentan, simplemente se saben.
No la vean si están de bajona.
Saludos.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Ojo por ojo



Los certámenes, premios, festivales y demás postureos y/u onanismos, cada vez me interesan menos, hasta el punto de que, efectivamente, me la sudan. Dicho esto, no sé si la triunfadora en los oscar de este año será THREE BILLBOARDS OUTSIDE EBBING, MISSOURI, pero el señor Martin McDonagh nos ha regalado, sencillamente, una película maravillosamente construida, planteada y rematada, lo que no es poco en unos tiempos de colorín sonrojante, donde hasta en las películas de Woody Allen hay CGI... ¿? Es necesario no ir al meollo del argumento para no destrozar la ruda delicadeza con la que McDonagh, autor asimismo del guion, utiliza dicha premisa principal para disparar la historia en múltiples direcciones, algunas francamente inesperadas. Nada ni nadie sobra en una amarga fábula acerca de la pérdida, una ausencia que notamos en cada detalle, en cada gesto y frase; y una certeza que queda explicitada desde muy al principio en los tres carteles publicitarios sobre los que gira, por increíble que parezca, todo el peso del film. Lo que vemos no son héroes ni villanos, vemos personas heridas, dignas, dispuestas a defender lo que otros han olvidado que era su deber; y cuando creemos haber identificado al malo, McDonagh es capaz de humanizar cada centímetro de la pantalla, y recordarnos que, a ojos de otros, quizá no seamos tan buenos... o tan malos.
Olvídense de los Coen, les digo. Podría despistarles ver a Carter Burwell casi rozando el larguero de MUERTE ENTRE LAS FLORES, tanto o más que la descomunal interpretación de una Frances McDormand que traspasa la pantalla, y que lo mismo no le dan un oscar que es suyo. No, porque McDonagh elabora su película más redonda precisamente obviando un montón de referencias obvias, y la que más se ha comentado es la de los autores de FARGO y similares. Yo, modestamente, creo que que sería más justo, o ajustado, hablar del mejor Eastwood, del dominio del matiz de un Melville, e incluso de un Capra que asoma tras esa comedia amarga que resuena tras una historia repleta de truculencias, algunas simplemente insoportables.
Véanla.
Saludos.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Perros, peyote y desiertos



Hay algo que me ocurre con SEVEN PSYCHOPATHS que no me ocurrió con IN BRUGES. El segundo largometraje de Martin McDonagh se diluye justo donde el primero se hacía fuerte; la ambiciosa e intrincada trama, a medida que va mostrando sus verdaderas intenciones, va empequeñeciéndose, banalizándose. O lo que es peor: mientras todo es un puro cachondeo se disfruta; cuando la cosa se pone seria no hay quien la aguante. IN BRUGES parece una comedia hasta que nos damos cuenta de que estamos ante unos tipos muy jodidos y muy cabrones; SEVEN PSYCHOPATHS parece una película de Robert Altman hasta que los tres protagonistas se sientan en el desierto y sacan el peyote. Antes teníamos un divertimento sofisticado y con diálogos ingeniosos y ahora, casi al final, resulta que hay tiros y lo arreglamos todo por las bravas. Es el tono, la intensidad y modulación de su discurso lo que me aleja una enormidad de esta película, aparentemente más compleja que su predecesora, pero quizá esto sólo sea un efecto causado por un reparto más amplio (aunque, en mi opinión, mal administrado), porque entonces ya no puedes repetir chistes. Tiene, sin embargo, algunas cosas francamente buenas, y es una lástima que, por ejemplo, la inquietante aparición del gran Tom Waits quede tan dispersa, aunque al respecto les advierto que no se pierdan el final (pero el final-final), que es lo mejor de este film dislocado, cuyos actores principales parecen estar cada uno en su propio rollo y donde falta una miaja de cohesión. Y, sí, Tarantino lo liaba todo mucho más, pero él tenía la varita mágica escondida...
Saludos.

jueves, 8 de enero de 2009

Sonrisas congeladas

La capacidad de manipulación de percepciones, en el cine, es algo sólo reservado a los más grandes. Maestros de alta sabiduría como Kubrick, Bergman, Wilder, Berlanga... han hecho de la tragicomedia su gran baza y un arte difícil de imitar. Primero intuyes un cierto convencionalismo, luego algunos elementos simpáticos que te familiarizan con la obra y los personajes; y finalmente, todo cambia y el tono torna a oscuro hasta desembocar en gran tragedia. Es muy muy complicado hacer esto y salir airoso con una película medio decente. El otro día vi un buen (escaso) ejemplo.
IN BRUGES no es un gran film por una sencilla razón: su director, Martin McDonagh, procedente del teatro, se repliega en su modestia y no deja despegar un artefacto que en manos de alguno de los antes mencionados habría sido una bomba de relojería. Pero el juego de espejos funciona, al menos mientras Brendan Gleeson está en pantalla; él es el incólume mártir que ha de cargar con el peso de la tragedia y decidir sin inmutarse. Porque Colin Farrell, pese a hacer un buen trabajo, peca precisamente de exhibir a toda costa su estatus actual de estrella hollywoodense y ésta es una película europea por los cuatro costados. Por un lado, tenemos una primera mitad extraña, que parece un documental al estilo VICKY CRISTINA BARCELONA, con sus postales enseñando lo precioso que es Brujas, su gastronomía, etc... Para después, tras la súbita ruptura del guión, dar rienda suelta a una excelente traca final deudora de THE THIRD MAN e incluso permitirse onirismos de índole felliniana, con interesantes referencias a El Bosco. Y me guardaré un último detalle que se suma a los aciertos: la maravillosa aparición, muy al final, del malo de la película, interpretado por... descúbranlo, merece la pena.
Saludos escondidos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!