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jueves, 28 de agosto de 2025

Politonos


 

Cuesta creer que se haya ido Verónica Echegui. Esa actriz arrebatada, princesa del extrarradio que le tiraba los tacones al lelo de Dani Martín, esa fuerza de la naturaleza mitad dignísima mitad descarada. La que se marcó una carrera en un Escort tuneado y miraba el Nokia a todas horas. La misma que se fue en autobús para ser actriz, sin saber lo que eso era, y se montó en un tren para no volver jamás, y sin saberlo tampoco, con la mirada de actriz despidiéndose. Se ha ido demasiado pronto, y su mejor película también era una de las más indefendibles de Bigas Luna, que también iba muy a su aire, pero que aquí se le pilló, ya entonces, el tufillo a pollavieja. Todo para contarnos esta historia mínima, de cajeras que quieren figurar y manicuras que apenas aspiran a ponerse tetas falsas. Y de esos paraísos inconclusos pero repetitivos, como aquellos politonos a un euro, quedan unos ojos de verdad. Ella fue y siempre será La Juani...
Saludos.

sábado, 25 de diciembre de 2021

Aquellos horribles años


 

También se murió Almudena Grandes, de la que nunca fui devoto lector, pero en cuya literatura me introdujo una chica muy especial hace muchos años, porque ella sí lo era, especial y devota. La escritora madrileña, que siempre aspiró a "continuar" en forma alguna la obra galdosiana, mejoró su prosa exponencialmente desde sus primeros libros, curiosamente los más vendidos aún. Mezcla de erotismo ingenuo, generacional, y tibiísimo ángelus corporativo de una España intuyo del moribundo dictador, les aseguro que la película es mejor, porque Bigas Luna sí era de enseñar coños y pollas, y no disfrazarlos de miniatura sanguijuelera. LAS EDADES DE LULÚ era una novela tontorronilla, de impacto federalista, pero escaso jaleo semántico; aunque ignoro si se trataba de una venganza roja contra los yuppies y sus amoralidades de Venca (catálogo de). La película, insisto, tiene su gracia, haciendo pasar a la pavisosa de Francesca Neri por Lolita acuartelada, que se abovinaba los canesúes por aquella mezcla enlatada de afrancesado y castizo que era Óscar Ladoire, convertido aquí en joven verde que se va a Filadelfia tras rasurar los bajos de la ninfa, para después volver y continuar las perversiones desde el mucho más respetable púlpito matrimonial. El director catalán, acostumbrado a banquetes aún más jugosos, le pone de su cosecha, yendo un poco más lejos en la famosa escena final, una de las primeras en las que descubrimos a un tal Javier Bardem, y que aun así mantiene cerca la anilla del paracaídas. Una película, en fin, que fue muy polémica hace treinta años, pero que ha envejecido regular, y que hoy día puede verse hasta con un poquito de ternura, ignoro si es porque nos hemos convertido en seres insensibles, o porque tampoco era para tanto. A ella, sin embargo, la echaremos de menos, porque ya parecía como de la familia...
Saludos.

jueves, 2 de mayo de 2013

España:



Se murió Bigas Luna, caso único e inexplicable de la cinematografía española; artista visionario, de mirada personalísima que, en un extraño proceso de encoñamiento con los aspectos menos interesantes de su cine, terminó por copiarse (mal) a sí mismo y facturar algunas de las caricaturas más infumables de nuestro cine. Pero hubo un tiempo en el que Bigas Luna fue un excepcional cineasta, tan adelantado a su tiempo que sus primeras películas (las dos primeras a mucha distancia) no sólo no han perdido ni un gramo de vigencia y sentido, sino que en sus gélidas y calculadas imágenes (decididamente "bressonianas") pueden rastrearse a nuevos creadores, sobre todo a los que con tremenda imprudencia llamamos "modernos" ¿Es ello un signo de postmodernidad? No me atrevería a tanto con alguien tan difícil de defender, pero en películas como BILBAO o CANICHE hay mucho de lo que luego han ensayado Jaime Rosales o José María de Orbe; es más: me juego algo a que el griego Giorgos Lanthimos ha visto estas películas.
Y, hablando de CANICHE, de 1979, su mejor película, rodada en pleno estado de efervescencia intelectual tras la oscurísima BILBAO, se trata de un extraño cuento de terror narrado a plena luz del día y que esconde, tras sus inquietantes imágenes, otra cosa, una finísima y aguda disección de un país que nunca ha logrado emanciparse de sus fantasmas; antes al contrario, vuelve a ellos como quien necesita cobijarse bajo el ala de un maltratador al que venera. Pocas veces se ha retratado la decadencia con tanta saña y elocuencia, decadencia representada en dos hermanos que viven en un chalet ruinoso con la única compañía de un pequeño caniche, al que tratan mejor que a sí mismos. Su vida es una monótona sucesión de actos repetidos (la preparación de la comida del perro, la "limpieza" de la repugnante piscina, gastar el último dinero en el canódromo...), mientras esperan pacientemente a que una tía adinerada y sin hijos se muera y les deje toda su fortuna. Eloisa y Bernardo cambian entonces radicalmente sus hábitos, son millonarios y han invertido una fortuna en una faraónica residencia para perros; sin embargo, hay algo latente y que no puede seguir oculto, quizá son los hábitos, que a fuerza de ser repetidos quedan para siempre, esperando para volver. Así, lo que Bigas Luna logra recrear en CANICHE es una relación enfermiza, llena de puntos oscuros, pero lo más interesante es rascar en la superficie, porque CANICHE es también un lúcido retrato de la pequeña burguesía catalana, de sus cuestionables entreactos, y, claro está, de sus estertores como caja de resonancias del régimen franquista. Magnífica. Poco o nada quedaría de este Bigas Luna en su muy inferior filmografía posterior.
Saludos caninos.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Matalaúva Blues

Será que, como decía Dylan, los tiempos cambian que es una barbaridad, pero lo cierto es que se nos antojan complicados los designios por los cuales un autor, a lo largo de una dilatada trayectoria, con funde el ser fiel a sí mismo con autoparodiarse de forma desesperante. En fin.
Soy de los muchos que piensan que Bigas Luna es un tío honesto y con un gran talento, lo que parece no haber sido suficiente para convertirse en ese maestro del cine español a lo Buñuel más explícito o un Berlanga más intimista. BILBAO fue una pequeña conmoción en medio de las desconcertantes directrices que España iba tomando tras la transición. De todos es sabido aquel sórdido panorama cinematográfico llamado "el destape", que trajo más basura y oportunismo que un pretendido canto de libertades o denuncias. Y ahí entra Bigas Luna. El cineasta catalán crea un delicado a la par que contundente mundo propio basado en personajes obsesivos, conductas aberrantes y ningún rastro de autocomplacencia o conservadurismo ¿para qué?; el cine, como otros medios, tenía la obligación de mostrar todo aquello que el régimen había desdeñado, ocultado, perseguido y machacado. El acierto de Bigas Luna es hacerlo de forma natural y precisa, no con los típicos "¡que vienen las suecas!", como si los españoles fueran una raza aparte y no tuvieran perversiones propias.
La película en sí es un modernísimo retrato interior de un hombre atrapado por la obsesión que siente hacia Bilbao, una bailarina de striptease, encarnada por Isabel Pisano (otra licencia). Luego, la trama es tremendamente simple y descarnada, lo que le da ese inquietante aire amateur que descoloca en todo momento al espectador. Lo sigue haciendo ahora, con que imaginen hace 30 añitos. Todo es precsamente calculado por este hombre, que rapta a Bilbao, la lleva drogada a un apartado lugar y la convierte en OBJETO de sus fantasías. Esto es así. En una arriesgada incursión por los recónditos y oscuros recovecos de la psique humana, Bigas Luna nos enseña sin omitir detalles cómo una persona deja de serlo a través de la sumisión más absoluta y pasa a ser no más que un juguete en manos de una persona que es incapaz de satisfacer sus deseos. Cine crudo y conciso, explícito como su director, que luego, sobre todo tras su trilogía ibérica, no ha logrado levantar el vuelo al pasar de ser oscuro e intimista a facilón y provocador por exceso. Aún mantiene una extensa cohorte de fieles que celebra cada trabajo suyo, pero me parece que debía haberse exigido a sí mismo un poco más. En fin.
Maniatados saludos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!