
Se murió Bigas Luna, caso único e inexplicable de la cinematografía española; artista visionario, de mirada personalísima que, en un extraño proceso de encoñamiento con los aspectos menos interesantes de su cine, terminó por copiarse (mal) a sí mismo y facturar algunas de las caricaturas más infumables de nuestro cine. Pero hubo un tiempo en el que Bigas Luna fue un excepcional cineasta, tan adelantado a su tiempo que sus primeras películas (las dos primeras a mucha distancia) no sólo no han perdido ni un gramo de vigencia y sentido, sino que en sus gélidas y calculadas imágenes (decididamente "bressonianas") pueden rastrearse a nuevos creadores, sobre todo a los que con tremenda imprudencia llamamos "modernos" ¿Es ello un signo de postmodernidad? No me atrevería a tanto con alguien tan difícil de defender, pero en películas como BILBAO o CANICHE hay mucho de lo que luego han ensayado Jaime Rosales o José María de Orbe; es más: me juego algo a que el griego Giorgos Lanthimos ha visto estas películas.
Y, hablando de CANICHE, de 1979, su mejor película, rodada en pleno estado de efervescencia intelectual tras la oscurísima BILBAO, se trata de un extraño cuento de terror narrado a plena luz del día y que esconde, tras sus inquietantes imágenes, otra cosa, una finísima y aguda disección de un país que nunca ha logrado emanciparse de sus fantasmas; antes al contrario, vuelve a ellos como quien necesita cobijarse bajo el ala de un maltratador al que venera. Pocas veces se ha retratado la decadencia con tanta saña y elocuencia, decadencia representada en dos hermanos que viven en un chalet ruinoso con la única compañía de un pequeño caniche, al que tratan mejor que a sí mismos. Su vida es una monótona sucesión de actos repetidos (la preparación de la comida del perro, la "limpieza" de la repugnante piscina, gastar el último dinero en el canódromo...), mientras esperan pacientemente a que una tía adinerada y sin hijos se muera y les deje toda su fortuna. Eloisa y Bernardo cambian entonces radicalmente sus hábitos, son millonarios y han invertido una fortuna en una faraónica residencia para perros; sin embargo, hay algo latente y que no puede seguir oculto, quizá son los hábitos, que a fuerza de ser repetidos quedan para siempre, esperando para volver. Así, lo que Bigas Luna logra recrear en CANICHE es una relación enfermiza, llena de puntos oscuros, pero lo más interesante es rascar en la superficie, porque CANICHE es también un lúcido retrato de la pequeña burguesía catalana, de sus cuestionables entreactos, y, claro está, de sus estertores como caja de resonancias del régimen franquista. Magnífica. Poco o nada quedaría de este Bigas Luna en su muy inferior filmografía posterior.
Saludos caninos.