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lunes, 27 de abril de 2026

¿Quién manda aquí?


 

Es MI GENERAL uno de esos casos extrañísimos, de desubicación absoluta, en un tiempo que demandaba visiones menos estancadas, del mismo modo que se descosía en producciones perezosas, al amparo de subvenciones no del todo justificadas. La historia navega sin rumbo entre el esperpento berlanguiano, la sátira sobre la primera década de democracia, pero también la condescendencia nostálgica y una incorrección un tanto apolillada. Curioso, en tanto que Jaime de Armiñán contó con un reparto descomunal, que incluía a Fernando Fernán Gómez (coautor del guion), José Luis López Vázquez, Héctor Alterio, Fernando Rey o Rafael Alonso, entre otros. He ahí uno de los problemas fundamentales, el de ubicar a tanto monstruo sin desequilibrar una narración tambaleante de por sí. Se nos cuenta una improbable convención, en la que un destacado grupo de generales al borde de la jubilación va a convivir en un complejo turístico, donde van a recibir clases de "reciclado" de cinco jóvenes capitanes, lo que provoca el consecuente choque generacional, agravado por la dificultad que supone el sistema de rangos. Es un film fallido, estructurado en falsos episodios, como si de una serie que nunca fue se tratase; amén de lo descabellado de la propuesta, que hubiese reverdecido con una mirada menos amable y neutral. Una lástima, dado el material con el que contaba, pero que explica el justo ostracismo que le pesa cuarenta años después.
Saludos.

jueves, 23 de mayo de 2024

El sumiso


 

Para aparcar el pequeño homenaje a Jaime de Armiñán, se me ocurre hacerlo con STICO, título insólito de nuestra filmografía, en la que un catedrático de derecho termina siendo literalmente el esclavo de un antiguo alumno, al tener una situación económica dramática. Estructurada claramente como una sátira alegórica, en la que la suspensión de la incedulidad deviene en una crítica hacia las convenciones sociales, asunto que no consigue la acidez que creo que busca. Fernando Fernán Gómez y Agustín González asumen el protagonismo de esta comedia negra, amarga por tramos, pero irregular en su conjunto, y que pide a gritos una revisión por lo estimulante de su estrambótica premisa. De hecho, son más interesantes los apuntes acerca de la hipocresía burguesa, atildada y falsamente imbuida de una dignidad que no es más que fachada, pero que no duda en aprovechar, cual ave de rapiña, cualquier debilidad ajena para obtener rápido beneficio. No ha envejecido todo lo bien que debiera, pero aún mantiene fresca esa mirada entre turbia, inocente y alucinada a una situación que parece irreal, pero señala los síntomas de una sociedad profundamente enferma, y ya entonces.
Saludos.

jueves, 16 de mayo de 2024

Perder la razón es cuestión de tiempo


 

Un hombre monta a caballo por el campo. Se detiene, con gesto serio dirige una orquesta imaginaria. Es el éxtasis o la locura de un hombre solo, un viejo director retirado que consume sus días más que vivirlos en un pequeño pueblo de Salamanca. No cree en dios, pero su mejor amigo es el cura; desprecia a su sirvienta, pero estaría perdido sin sus atenciones. Escucha música, pero no encuentra en la vida esa poesía escondida. Justo hasta que en su camino se cruza Goyita, una enigmática niña de trece años, amante de los pájaros, y cuya mirada parece albergar a alguien tan insatisfecho como él, una mujer atrapada donde no le pertenece. Con una caligrafía tan esquiva y desapacible como sus personajes, Jaime de Armiñán construyó EL NIDO intentando evitar unas alegorías sociales que sobrevuelan su devastador guion, lo que me parece su mayor mérito y supone su obra cumbre. En un giro perverso, Armiñán deconstruye el personaje interpretado con enorme sensibilidad por Héctor Alterio, al tiempo que explora a una Ana Torrent inquietante, casi terrorífica, una "niña adulta" perversa y manipuladora, que empuja al pobre enamorado hacia la autodestrucción como si de un acto arrebatado de amor puro se tratase. EL NIDO es una tragedia inversa que podría haber escrito Sófocles, tan finamente urdida que no tiene sentido hablar aquí de tratado sobre la pedofilia, máxime cuando, derribadas las barreras sociales, cada vez dudamos más de quién adoptaría el papel de depredador. 
Modernísimo tratado sobre la perversidad y la inocencia, es una película que sigue crujiendo como un molesto rechinar de dientes, y encuentra la incomodidad como refugio para huir de un posible tratamiento intelectualista que no le hubiese sentado nada bien. Y sólo un desenlace algo abrupto, por previsible, le quita ese pequeño punto para encontrarse con quien debería, que no es otro que Buñuel.
Saludos.

miércoles, 8 de mayo de 2024

Yameacuerdo


 

No nos salen bien a los españoles las "felliniadas", por ese extraño, también irreprimible pudor que nos da al descoser nuestras memorias sentimentales, lo que nos lleva a aliñarlas con rombos, monolitos horizontales y otras memeces. A buenas intenciones no nos ganan, que es otorgarle el bordón de adultez a un niñolabas dejándole fumar, especiándole el agua con cariñena o escenificando cursis estilemas gongorianos en lo que no es más que elusión del entremés jupiterino. Yo la culpa aquí se la echo más a Juan Tébar, que siempre ha sido muy bueno pintando de sepia los párrafos, pero en imagen se le acomba la nostalgia para el serial con picatostes. Aun así, Jaime de Armiñán logró armar una película digna, más que nada por imponerse al triple órdago de enseñar a Ana Belén en pelotas, meterla en la cama con un adolescente y (lo que es más difícil) buscarle un romance con un republicano exiliado, cocinero y exseminarista, interpretado con estoicismo por Fernando Fernán Gómez. EL AMOR DEL CAPITÁN BRANDO se deshilacha al emparentar dinámicas tan alejadas, y se queda como un "cachitos" de títulos más férreos y rabiosos. Sin embargo, hay algo que la hace funcionar, a trompicones, pero con esa misma ingenuidad que traspasa al chaval que se encoña con la maestra y quiere ser mayor de repente, ensayando la mandíbula de Marlon en posters de su cuarto segoviano. 
No es una gran película, pero tampoco parece pretenderlo, y sí una curiosidad que nos da para flagelar nuestras dormidas libertades de hoy mismo.
Saludos.

miércoles, 1 de mayo de 2024

La identidad doliente


 

Título insólito, pero también incontestable, de nuestro cine, a más de 50 años de su estreno, MI QUERIDA SEÑORITA sigue siendo un objeto extraño, casi un inserto proveniente de una dimensión alternativa, a la que uno, claro, no puede resistirse. Orbitando del costumbrismo a lo surreal, con golpes de una sensibilísima comedia melancólica, el desarmante guion de José Luis Borau y el propio de Armiñán pone a prueba muchas de las convicciones inamovibles de un cine español que intentaba desperezarse contestatariamente. Estructurada en dos partes tan diferenciadas como complementarias, nos sitúa en una típica ciudad de provincias, donde vive Adela, una mujer pasados los cuarenta, solterona, de modos beatos, cuya cotidianidad da un vuelco inesperado, aunque (en una escena especialmente antológica) lo físico queda supeditado a lo psicológico, e incluso lo emocional. Por mucho que deba resistirme a desvelar ese motivo principal, tan finamente hilvanado que supera hasta lo más obvio, no puede pasarse por alto la lección magistral de interpretación de José Luis López Vázquez, en una de las cumbres en cuanto a transformación genérica, que en otras manos iría irremisiblemente al ridículo, pero ha quedado como antología viva de imperceptible sutileza. 
Imprescindible film, moderno y arrojado, y que interpela simbólicamente a un país que clamaba una liberación tan lejana e inalcanzable.
Magistral.
Saludos.

martes, 23 de abril de 2024

Princesa equivocada


 

Iniciamos aquí un repaso que me parece de justicia, acerca de la figura del recientemente fallecido Jaime de Armiñán, figura clave del cine de la transición, siempre en eterno conflicto entre sus inquietudes cinematográficas y la obligación de contentar a un público que demandaba productos facilones. Y el mejor ejemplo de esto es su debut en cine (tras una larga y exitosa carrera en televisión), CAROLA DE DÍA, CAROLA DE NOCHE, que venía a ser el gran título que impulsaría a una nueva Marisol, intentando dejar atrás su faceta de estrella infantil, pero que demostraba la imposibilidad de tomársela en serio, circunscribiéndola a una especie de híbrido imposible entre la estrella pop en ciernes y la folklórica que se intuía antes. Con un guion demencial, que pretendía revitalizar las bondades de un franquismo con síntomas de podrido, alguien pensó que Pepa Flores podría ser una Ninotchka invertida (porque aquí es una aristócrata de país del Este), o aún peor, una princesa un poco como la Audrey Hepburn de VACACIONES EN ROMA, con la dificultad de ver a aquel Gregory Peck "incarnato" en aquel cetrino y patidifuso Tony Isbert. Abundan los numeritos (a cual más sonrojante) entre el music hall y la vanguardia naif de Richard Lester, que aquí, por ejemplo, entendió bastante mejor Vicente Aranda. Hay que entender que es un film mutilado, completamente sometido a los requisitos de una estrella por moldearse, y cuyos pocos momentos que la pueden salvar del desastre provienen todos de la inacabable ristra de cameos, porque una vez más los secundarios brillan por inercia propia. Menos mal que Armiñán pudo demostrar que era un cineasta dotado de una visión propia y, como veremos, interesantísima.
Saludos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!