jueves, 11 de noviembre de 2021

En un mundo de hombres


 

Hay todavía quien se empeña en no ver, con su ceguera, la desigual fortuna que las mujeres siempre han padecido, obteniendo confort de espinas apenas al ser sumisas, cabizbajas, anuladas. Lorca lo supo y lo plasmó en esa obra de goznes sellados, enaguas ocultas, luto eterno y aire viciado que es, siempre será, LA CASA DE BERNARDA ALBA. Una obra que sirve para muchas cosas, para recordarnos, para que no olvidemos, para que aprendamos y para que no nos pase lo que es un cuento de horror misterioso y telúrico, pero también una denuncia sorda, desde dentro, en la que todos son culpables, y nadie es culpable. Hay una escena en la brutal película de Mario Camus, que pese a su brevedad consigue azuzar el tiempo de esa casa cerrada a cal y canto, a la que acude Pepe "el romano" (sombra despojada de rostro) a sobar por las rejas a una hermana, y luego a otra, desaparecer en la madrugada de grillos, dejar humedades y latidos. Esa escena es la lapidación literal a garrotazos de la infeliz que tuvo la ocurrencia de tener un hijo sin casarse, fíjate tú el pecado, mientras el embarazador puede que hasta llevase alguno de los garrotes. Terrible dentro como fuera, imposible de contener, por mucho que Bernarda Alba (una Irene Gutiérrez Caba cuya frialdad no parece de este mundo) piense que la dicha sólo necesita paredes para resguardarse. El relato es inmortal, imperecedero, repleto de anuncios que lo hacen pretérito o futuro, para que nos avergoncemos también de nuestro presente. La película de Camus es titánica, y hay pocos directores (aquí asoma Bergman indisimulado) capaces de afrontar lo que pertenece al teatro. dotándolo de un espíritu cinematográfico descomunal. Magnífico en los detalles, desigual en los retratos femeninos, con Florinda Chico demostrando lo gran actriz que era, con ese verano andaluz achicharrante, pero que queda helado, como ese tiempo que Bernarda Alba dictamina con golpes de bastón e interminables réquiems, desde que se adentra, junto a sus pobres hijas, en una penumbra que es muerte en vida.
No se puede adaptar mejor.
Saludos.

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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!