Menuda papeleta escogió el actor Nicolas Maury para dirigir su primera película, y además reservarse el papel principal, del que apenas asoma su determinante consciencia en los minutos finales, cómo no, los mejores. Y es que GARÇON CHIFFON orbita exclusivamente alrededor de Jérémie, un tipo ególatra, infantil, obsesivo, maniático y celoso hasta los límites de lo tolerable. Un cuarentón encerrado en una mente de doce años, que corre a los brazos de su madre (Nathalie Baye) tras romper con su novio, al que llega a colocar una cámara espía. Y aunque no lo crean, estamos ante una comedia, muy amarga, condicionada por su inaguantable, indefendible protagonista, que parece aguardar hasta los minutos finales para obtener su catarsis y única redención, de la manera más insospechada, pero también más bonita. Ayer traíamos un musical que no parece querer serlo; hoy, uno que ni siquiera lo es, pero cada fotograma parece clamar por una partitura, algo que nos explique por qué deberíamos quedarnos durante casi dos horas junto a este tipo que parece sacado de una revista barata de cotilleos. Lástima que Maury sólo lo detecte antes de los créditos finales.
Saludos.

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