Y si ayer hablábamos de una película sobre los amores que parecen estar destinados a no acabarse nunca, la de hoy nos pone de manifiesto que hay una fina línea entre el amor y la obsesión. Porque ese es el ingenioso dispositivo de OBSESSION, retorcer la realidad hasta deformarla, aunque muchas maldades reales están detrás de su abracadabrante premisa. Muy simple: a un chico le gusta una chica, pero no se atreve a decírselo por un exceso de timidez. Sin pensarlo mucho, entra en una tienda "esotérica" para buscarle un regalo, y allí ve una de esas "barritas de la suerte", que te conceden un deseo al romperla; y, claro, desea que esa chica que tanto le gusta y nunca ha reparado en él lo ame más que a nada en el mundo. El resto pueden imaginarlo, y tampoco quiero desvelar más de lo necesario, pero prefiero situarla como un afilado y certero cronograma en tiempos de desasosiego emocional, en los que la confusión entre afecto y propiedad privada queda servida entre relaciones tóxicas y tecnologías que pueden llegar a convertirse en una pesadilla, aquí evidentemente magnificada, pero no muy desencaminada. Más allá de algunas escenas impactantes (aún me pregunto si deliberadamente cartoonescas), lo que me dejó peor cuerpo fue esa elección de que no hubiese ningún villano propiamente dicho, sino cuerpos y mentes que sufren un castigo que ni siquiera han elegido.
Muy atentos a Curry Barker, otro pipiolo que ha reventado la taquilla con un presupuesto sencillamente irrisorio. De lo mejor que pasó el año pasado por Sitges, pero con mucha diferencia.
Saludos.

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