Mi madre compraba unas revistas que incluían patrones para coser. A mí me parecían autopistas fascinantes compuestas de puntos, rayas, letras enigmáticas, números dispuestos al tuntún. Aunque lo que más me animaba a abrir esos cuadernos del demonio (y pintarrajearlos con un jaboncillo gris) era su diabólica disposición de páginas, cual mapa Michelin, imposible de volver a su forma original. Yo leía cualquier cosa entonces, desde los cupones en revistas de cotilleos, cuentos para gente que no sabía leer, o publicaciones de moda para modistas caseras. Eso fue hasta que descubrí a gente con chalecos de lana tres tallas más grandes, con tendencia a mirar como buscando una moneda caída y pinta de oler igual no tan bien como deberían. Frente a ellos, unos arrogantesdesempleados de pescadería, con las manos atrás como un jubilado mirando una obra. Yo hubiese echado a pelear a Kevin Shields con Liam Gallagher, aunque cualquier abuelete casinero le daría una paliza. Y mi madre seguro que les hubiese hecho la ropa a medida, maldita sea.
Bueno, WITCHBOARD 2: THE DEVIL'S DOORWAY. Una película aburrida y sin sentido, que no tiene ninguna conexión con la otra (ni tampoco hace falta), rodada ¡siete años después!, y donde los protagonistas parecen salidos de un video de Take That... Al menos iban mejor vestidos.
Saludos.

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