lunes, 17 de agosto de 2026

El tiempo y las hojas


 

Las películas demasiado largas siempre tienen el mismo problema: no saber acabarse a tiempo. No es exactamente lo que ocurre en ROMA, el film con el que Adolfo Aristarain se despidió de la dirección en 2004. En esta especie de autorevisitación sentimental, se esconden varias películas, no todas afortunadas; sublimes unas, sonrojantemente autocomplacientes otras. Con una estructura ciertamente extraña, tan anárquica como la ideología que la sobrevuela, empieza pero que muy bien, presentándonos a Joaquín Góñez (Pepe Sacristán dominando los cinco elementos), un escritor huraño y algo perezoso, que llegó a España desde Argentina 37 años antes, a cuya casa-refugio llega Manuel Cueto (Juan Diego Botto), un joven aspirante a periodista, con la misión de "apretar" al viejo escritor para que se dé prisa en entregar el que será su último libro. Ahí el film se desgaja y entra en los recuerdos de Góñez, su niñez en Buenos Aires, las enseñanzas libertarias de un padre que cantaba tangos y se fue demasiado pronto, y sobre todo su madre, Roma (Susú Pecoraro), profesora de piano, que de tanto amor (valga el minipalíndromo) lo sacrificó todo para que él pudiera labrarse un futuro lejos de un país que comenzaba a desmoronarse. Es el único problema que le veo a este gran fresco de despedida, la dificultad para engarzar ambas corrientes narrativas, en un guion en el que estaban Kathy Saavedra y Mario Camus, que deja con ese regusto de las obras grandes pero que aún lo podrían haber sido más. No es una crítica, pues posiblemente Aristarain todavía podría haber rodado un poco más después. Hasta aquí llegó, pero todo continúa...
Saludos.

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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!