Como no soy yo de dejarles a ustedes con el mal gusto de la bazofia del otro día, no me quedaba más remedio que ponerles aquí la buena. Porque hay otra película española titulada AMADOR, pero nadie la conoce, y los que en algún momento la vieron, tampoco se atrevían a recomendarla, por lo de las maravillosas libertades de opinión de la España franquista, cuya cateta censura mutiló esta absoluta maravilla. Filmada en 1964, AMADOR fue la segunda cinta de Francisco Regueiro, verdadero y genuino precursor de los Vermut, Martín Cuenca, Rosales o Aguilera. El asfixiante y, por momentos, insoportable retrato de una masculinidad que traspasa lo tóxico, llegando a lo patológico. En su magistral escena de arranque, en apenas tres minutos, Regueiro nos presenta a Amador, un pijo que aspira a vivir de las mujeres, que vive con su tía y disecciona a las mujeres como un coleccionista haría con sus trofeos, con orgullosa indiferencia. En ese breve intervalo, justo antes de comenzar los créditos, Amador apuñala a la primera de una prudente lista. La modernidad de Chabrol o Antonioni era posible justo cuando las películas iban de que venían las suecas y todo eso. Amador se va a Torremolinos para cazar alguna turista rica, y para no tener que matar a la insoportable madre de su hijo. Allí conoce a Laura. Independiente, resuelta, demasiado libre; el único agente externo al que Amador, cobarde y reprimido, misógino consentido, no logra descifrar. Por ello se marcha, dejándolo sin saber qué hacer. En esa tierra de nadie, fría y apática, se mueve este extraordinario film, inexpugnable, insólito hasta hacer de su autor uno de los más justificados entre los malditos, que de esos no ha habido tantos en España. Atentos a la frase oculta tras cada acto y pensamiento del psicópata, y piénsenla: la culpa es de ellas...
Obra maestra.
Saludos.
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