miércoles, 21 de octubre de 2026

La enfermedad de las imágenes

 


En algún momento, uno decide ver UNTIL THE END OF THE WORLD. No la que vimos en 1991, que ya era larga, sino la versión que logró sacar adelante Wim Wenders hace una década, que viene a rozar las cinco horas, y que además no dota de mayor sentido al montaje original, sino que ejerce una especie de fragmentación, incluso de "serialización", ahora que el término está de moda. De hecho, he visto como tres películas incrustadas en esta megahistoria de desmesurada ambición, con desigual resultado. Todo el primer tercio, magnífico, es una invocación al Godard más juguetón, como poseído por los laberintos informativos de Rivette; un antithriller, que igual recuerda a BLADE RUNNER que a TOTAL RECALL, en la que los personajes (y aquí casi todos son protagonistas) se buscan por todo el mundo, y luego huyen tras encontrarse, en una ceremonia de la incomunicación y el deseo permanente por evitar la soledad. Unos ladrones que chocan contra una mujer que vuelva a casa tras querer dejar a su pareja; un tipo con varias familias, ninguna suya, que es seguido por un detective; una pareja en el último confín de la civilización, que han inventado una máquina para que ella, ciega, pueda ver los sueños. Todo eso cabe en una road movie que abarca los cinco continentes, llegando a filmar Wenders en catorce países, como si nos quisiera advertir de que da igual lo lejos que vayamos, porque el desplazamiento es relativo. Y claro, mención aparte para el fantástico reparto, con Sam Neill, William Hurt, Solveig Dommartin, Jeanne Moreau, Max von Sydow o aquel extraordinario alter ego de Yasujiro Ozu, que era Chishu Ryu.
¿Es buena? es buena ¿Es larga? es muy larga ¿Por qué verla entonces? porque demuestra que hay un cine, no normativo, que está extinto; porque ahora todas las películas están filmadas igual, y ninguna se parece a ésta.
Saludos.

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No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

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