domingo, 21 de julio de 2013

Rincón del freak #117: Cine para canis que van a centros comerciales



El problema de películas como la que hoy nos ocupa es siempre el mismo, y casi nunca alude a su factura técnica, por lo que ir por esa senda, tramposa y conveniente para quien la menciona, no sirve para estructurar un discurso mínimamente coherente y que nos permita dilucidar cómo y cuándo se empezó a gestar el nuevo diseño (aunque de nuevo apenas tenga nada) del cine escandalosamente comercial. Daría exactamente igual el título que pusiese aquí, ustedes los tienen en mente y yo también; cada uno habrá visto los que haya visto y otros no, pero a mí me da la sensación de que todos se hacen una pasta compacta e intercambiable; es "la fórmula". La que he elegido jamás la hubiese visto según su portada (Jet Li y Jason Statham frente a frente y de perfil... ¿acaso hace falta algo más?), pero hace algunos meses hice un serial sobre asesinos solitarios y me salió ésta por su coletilla. El título completo es WAR (ROGUE ASSASSIN), y copia sin pudor otras cosas, aunque también es seguro que será objeto de prostitución formal futura por sí misma. Nos cuenta (es un decir) la "dramática" historia de una pareja de policías que lucha enconadamente contra las mafias orientales, con la mala suerte de que uno de ellos será asesinado junto a toda su familia por un temible asesino (Jet Li), así que su compañero (Statham) se armará de todo el odio posible y, en un arrebato de razón, decidirá que, al igual que hay gente a la que le toca la Primitiva, a lo mejor él solo podría desmantelar a la Yakuza y las Triadas... Bueno, vale, en Star Wars un grupo de hippies se cargaron el Imperio, pero no creo que sea comparable. En fin, que la película es lo que es, una sucesión de escenas de mamporros hi-tech con música discotequera/chunda-chunda, deportivos último modelo, modelos embutidas en minivestidos y gafas de sol hasta por la noche; todo el mundo es muy profesional en lo de repartir hostias y aunque sabemos que estas cosas no pasan en el mundo real nos embelesamos viendo cómo le parten el cráneo a los malos. Sí, de un tiempo a esta parte todo el cine de acción es calcado título a título, puede que siempre haya sido así, pero tan sólo hagan la prueba: pregúntenle a cualquier mujer sobre cualquier película del señor Statham o el señor Li (y es sólo un ejemplo). Ahí es donde quería yo llegar, aunque haya dado tantas vuelas, innecesarias por otra parte...
Saludos beligerantes.

sábado, 20 de julio de 2013

La brutalidad de la sinrazón



A menudo nos referimos, no sin desconocimiento, a tal o cual película como "realista", entroncándola con un uso de la crudeza que, de no ser medido, puede hacer caer el resultado en el sonrojo más absoluto. Hay una película chilena, del maestro Miguel Littin, que es (o al menos debería ser) un ejemplo para cualquier cineasta decidido y comprometido a llevar al cine un suceso real, y más concretamente un hecho de truculencia probada. En EL CHACAL DE NAHUELTORO, sus angustiosos, opresivos 90 minutos, nos llevarán a la indescifrable mente de un tipo marcado por la miseria, el desafecto y, finalmente, el horror. Con muchos nombres (quizá por no tener ninguno), este personaje cometió unos brutales asesinatos a sangre fría y sin más motivo, aparte de la embriaguez, que una extraña compasión después de que su primaria entendedera procesara que la muerte era lo mejor que le podía pasar a cinco chiquillos una vez asesinada la madre sin tampoco mucho sentido. Sin excusas ni remilgos, Littin aborda con profesionalidad y rigor las primeras andaduras de este tipo, ya una oscura leyenda en todo Chile, y lo lleva desde los abusos sufridos por la explotación y la miseria ya desde niño, a los míseros jornales para comprar el vino barato que mate el hambre y el encuentro que le lleva a convivir con la mujer, también abandonada a su suerte, que desencadenará el trágico crimen. Ya al final, Littin no se conforma con lo narrado y verbaliza una espeluznante denuncia de los estamentos chilenos, incapaces de lidiar con el asunto y limitado a confinar al asesino en una celda mientras espera pacientemente su ejecución, cuando curiosamente, es precisamente el único momento de paz que este hombre conoce; aprende a leer y escribir, estudia y recibe el reconocimiento de sus carceleros como un hombre más cabal de lo que esperaban, lo que abre una reflexión tan difícil de afrontar como incómoda de resolver. Un grandísimo film de un director al que siempre hay que tener presente.
Saludos míseros.

viernes, 19 de julio de 2013

Por la bahía



Déjenme que les recomiende un peliculón como la copa de un pino para estas vacaciones; uno de esos títulos que suelen quedarse varados en la memoria colectiva, sin tanto bombo como otros, posiblemente inferiores, y que suponen interesantes puntos de ruptura, abiertos a la modernidad, en la forma de narrar el cine negro clásico. Y es que en THE LINEUP, Don Siegel demuestra por qué fue uno de los mejores directores de su generación, sobre todo uno de los más dotados para expandir su imaginería sin ningún miedo al rechazo de un público acostumbrado a un confortable sedentarismo mental. La trama, diabólica, se centra en una maleta en la que se descubre un alijo de heroína, aunque nada hace pensar que su portador, un eminente y prestigioso profesor, sea su auténtico dueño; así, se iniciará una intensa investigación en torno a lo que la policía de San Francisco concluye como una red de contrabando aún mayor. Hasta ahí se trata de un thriller típico, pero que se verá transportado a un nivel completamente novedoso al introducir a una fascinante pareja encargada de recuperar el alijo extraviado. Dancer, magistralmente interpretado por Eli Wallach, anticipa a tantos y tantos ¿gangsters?... más bien perturbados mentales, tipos violentos con poca conciencia y que no dudan en usar cualquier método para lograr su fin; a su lado siempre irá Julian (Robert Keith), veterano, cerebral, calculador y que jamás usa la violencia. El tándem perfecto. THE LINEUP se consigna en ese momento de introducción en un film que funciona a dos niveles: el que muestra a los detectives usando sus métodos para identificar y localizar a quienes van tras la droga y el periplo de esta singular pareja, con el que Siegel traza su complejas psicología con mano maestra. Y todo ello sin que la acción y la intriga decaigan en ningún momento; la secuencia final es una barbaridad de montaje, y sólo por esos escasos ocho minutos merecería la pena echar un vistazo a este film no tan conocido, pero de un valor incontestable.
Saludos sospechosos.

jueves, 18 de julio de 2013

Cine por y para centros comerciales



Yo les pongo en situación. Entro a desayunar en el sitio donde lo hago habitualmente y, entre tostadas, jamón y cafeses, me topo con una conversación sobre no sé qué película entre el camarero y un cliente. A ver... una película mala, sonrojante, pero que es defendida por el cliente con una fruición que linda el cahierismo... Asómbrense. Yo no participo, he aprendido en todos estos años que de cine se discute con argumentos, no con caradura, porque luego pasa lo que pasa. Y pasó que el camarero, con ojos desorbitados de antiguas veleidades, nos refiere (sí, también me miró a mí) un título de los recientes: MAMÁ, del argentino Andrés Muschietti... aunque, ya se lo advertí a ustedes, el desgañitamiento le hace confundirse y mencionar a Guillermo del Toro, que creo (¡creo, ojo!) apenas desempeña el rol de mecenas en la sombra que da su empujoncito a un tipo que empieza con presupuestos grandes. En fin, que como yo soy así de gilipuertas, voy y veo MAMÁ ¿Y qué me encuentro? Lo resumiré. MAMÁ era un cortometraje en el que es fundamental la escueta duración para conseguir un shock que el espectador no imagina que va a encontrar, porque se trata de un instante en constante escalada rítmica. Al pasar al largo, algo tienes que hacer bien aparte de contratar FX digitales, porque ésta es una película repleta de estupideces, en la que todos los personajes sufren del que yo llamo "síndrome de Tom y Jerry", que como tantas veces he explicado consiste en no subir la cámara para no encontrarnos con la enfurruñada cara de los adultos que observan al gato y al ratón perseguirse interminablemente. Es un film que ya hemos visto muchas veces, con sustos que ya conocemos y tramas raquíticas de poco creíbles que son; contiene, es verdad, algunos alardes de cámara que ya se encontraban (de hecho constituían el motor principal) en el corto, pero no son más que ínfimos destellitos en esta nimiedad que, por si fuera poco, se remata con un final jodidamente ridículo. Eso sí, si lo que pretenden es dejar su mente en blanco frente a un cubo de palomitas durante 100 minutos... entonces es perfecta.
Saludos, mamíferos.

miércoles, 17 de julio de 2013

Noche de setas



Cuando aún se sigue hablando, tras su triunfal paso por multitud de festivales, de su anterior trabajo, la sorprendente SIGHTSEERS, el británico Ben Wheatley, decidido a no dar un respiro mientras la inspiración lo acompañe, entrega este mismo año una película que en mi opinión debería dar mucho que hablar. A FIELD IN ENGLAND es una experiencia insólita, embaucadora y, antes que todo eso, un brillante ejercicio de modulación a partir de las opciones que el cine actual puede ofrecer respecto a etapas anteriores. Es sobre todo eso, una especie de punto y aparte de ruptura consciente con mecanismos gastados y fórmulas cansinas. Y tomen nota: En algún punto perdido de la Inglaterra del Siglo XVII, llueven explosivos sobre Whitehead, un asustadizo sirviente que ha de encontrar a "alguien" en mitad del fragor de la Guerra Civil; tras asistir atónito a la muerte de su amo, se topará con otros tres personajes más, el ufano Jacob, el siniestro Cutler y un tonto sin nombre y una capacidad infinita para resucitar. Sin apenas más rumbo que una supuesta taberna donde descansar sus cansados cuerpos desertores, el cuarteto encontrará una enorme cuerda en mitad del campo de la que serán obligados a tirar tras ingerir un estofado de setas preparado por Cutler.
Podría seguir describiendo un film tan rico en matices como oscurantista en intenciones, con un sentido del humor extraño y un aura de misticismo atávico que te deja muy mal cuerpo sin que sepamos explicar por qué, pero es mejor descubrir A FIELD IN ENGLAND con pocos datos, y sólo añadiría que intenten imaginar un batiburrillo que mezclara sin compasión a los Monty Python, Barry Lyndon, Werner Herzog, Albert Serra, Thomas Pynchon y cualquier otra cosa que no les haya dejado indiferentes últimamente, porque el empeño de este alucinado film en glorioso blanco y negro es precisamente desubicar a espectadores acomodados y críticos empapuchados. Yo no sé si lo logrará, pero no hay más que echar un vistazo a sus brillantes y enrevesados diálogos para constatar que estamos ante uno de los creadores con más futuro en la actualidad. Cojonuda.
Saludos estroboscópicos.


martes, 16 de julio de 2013

Al montante industrializado



Vamos hoy con una de guerra; antigua y poco conocida, de las que hay que recuperar de vez en cuando. Y es que siempre hubo panfletos en tiempos de conflictos, pedir una calidad máxima es de locos, así que uno se conforma con que la película esté bien hecha, que aporte algo al avance de las técnicas de rodaje. Y es cierto que respecto a eso GUADALCANAL DIARY, aun con toda su sonrojante carga de americanismo burdo y superautocomplaciente tiene sus cosas, como la introducción de puntos de vista directos, colocando la cámara detrás de los soldados (ver foto) y ofreciendo panorámicas absolutamente espectaculares. Tengamos en cuenta que el film acaba de cumplir 70 años y que, por ejemplo, con el trabajo hecho, muchos de los hallazgos visuales contenidos en esta película han sido sobados por directores tan reconocidos y reconocibles como Coppola, Spielberg o Malick. La diferencia (¡ay!) es un discurso de gran flojedad moral, incapaz de plantearse una sola cuestión más allá de lo que la situación histórica rememora; claro está que Seiler, director de abnegados encargos, no podía contar con una perspectiva, pero la historia es previsible y de pocos sobresaltos; todos los soldados son unos héroes del copón y los japoneses unos desalmados... En fin, que por allí aparecieron entre un mar de actores medianos unos jovencísimos Anthony Quinn (la cuota chicana...) y Richard Jaeckel; por lo demás, un inocuo entretenimiento para días calurosos que casi se ve mejor con el sonido apagado.
Saludos diarios.

domingo, 14 de julio de 2013

Rincón del freak #116: Que se mueran los que no respeten el cine



Con toda la santa paciencia y buena intención del mundo me dispongo a ver una película que, en circunstancias normales, jamás hubiese tenido en cuenta. Se llama QUE SE MUERAN LOS FEOS y la dirige Nacho G. Velilla. La protagonizan, entre otros, Javier Cámara y Carmen Machi. Esto es Villarriba, donde los habitantes toman un desayuno llamado "arquetipo" y todos hablan con el mismo tono y te miran con una expresión muy cercana a haberse metido tres rayas de cocaína. Ahí están la lesbiana con pinta hippy, el machista cachas y tontuelo, el cura moderno con zarcillito, el viejo anarquista que pasa de todo, el calzonazos con ínfulas de escritor, el tontopollas del tó... y en medio de esa fauna, un tipo indescriptible y Aída... sí, Aída. Lo que sigue es una sucesión de clichés televisivos que, de un tiempo a aquí, han recogido lo peor de la representación teatral de tercera clase, aquello que Fernando Fernán Gómez tan agudamente recogió en EL VIAJE A NINGUNA PARTE, donde aquellos actores de teatro de pueblo eran incapaces de entender por qué había que hablar normal. Y es que resulta curioso comprobar cómo un intento exagerado por lograr que todo lo que ocurra en un film sea "normal" (sea eso lo que sea) termina precisamente por conseguir el efecto contrario, y todo resulta forzado, impostado, casi vemos al equipo técnico... en resumidas cuentas, se pierde la magia del cine y lo que tenemos enfrente es otra cosa, un cajón desastre donde todo cabe si sube el pico de share. Televisión, y de la mala. No, no la vean.
Saludos guapos.


sábado, 13 de julio de 2013

El inframundo



En esta incansable labor de descubrimiento de valores ocultos del cinematógrafo, me encuentro con COVEN, curiosísimo mediometraje de un señor llamado Mark Borchardt, que se jacta de ser capaz de hacer cine a coste cero, presentarlo en diversos festivales y llevarse algún que otro premio que le permita afrontar su próximo proyecto. En teoría estamos ante una cinta-tipo de terror, pero sus meandros narrativos la llevan a otros lugares menos comunes, y que de haber tenido un mayor peso de producción habría ganado en ejundia. COVEN es casi todo imagen en blanco y negro y foto fija, su grano extraño le otorga ese aire enrarecido, y la indefinición de su argumento la hace más interesante. Como si de un mal sueño se tratara, el protagonista (interpretado, cómo no, por el propio Borchardt) no deja de sufrir alucinaciones en los que constantemente es perseguido y acosado por entidades desconocidas y de aspecto poco amigable; ello se verá agravado por su adicción al alcohol y que le hará ingresar en un centro de terapia, aunque cada pequeño detalle, cada palabra que escucha, le hacen dudar de las intenciones de todo el mundo, convirtiéndole en un paranoico que ya no puede distinguir qué es real y qué no.
COVEN se ve en un suspiro, y si se obvia su pobreza de medios consigue algo muy complicado, como es poner al día la muy gastada fantasía gótica y moldearla a su gusto.
Saludos embrujados.

viernes, 12 de julio de 2013

Una representación más



Reconozco que mucho me demoré en ver SPLICE, teniendo en cuenta lo mucho que respeto al señor Vincenzo Natali como esforzadísimo creador de nuevas formas de entender el cine fantástico y por el caluroso recibimiento que esta cinta logró en el momento de su estreno, hace ya cuatro largos años. Pero mi sentido cinéfilo me advirtió durante este tiempo de que, sin saber muy bien por qué, SPLICE me iba a decepcionar. La vi como hace seis meses, y puede que por mi desconfianza finalmente no me pareciese tan mala, pero en absoluto es un logro. No lo es porque Natali se regodea hasta lo insoportable (en un extraño metajuego) en la criatura que ha creado, y no sólo me refiero al monstruito que protagoniza esta fábula acerca de los límites de la ética en las investigaciones científicas, en realidad hablo de lo mal que termina gestionando una idea de partida lo suficientemente arriesgada como para subsistir en el imaginario de todo buen aficionado. No importa tanto el asunto de la creación de un ente viviente completamente novedoso por parte de dos científicos (una vez más) que no se cree nadie. A Sarah Polley le puedo conceder su buen sentido del oficio, pero no entiendo qué pinta Adrien Brody haciendo de "investigador genético antisistema"... No, no me lo creo.
Por lo demás, los efectos están bien, tan bien que al final uno se acostumbra tanto a lo que está viendo que se olvida de asombrarse, y eso no está bien, claro. La muchacha que da vida al bicho tiene su morbo, y no tanto en lo buena que está, sino en su trabajo de seducción primaria a diestro y siniestro; pero digo yo que aunque hubiese tenido forma totalmente humana eso no se habría notado, porque lo de la morfología no es tan perturbador como el comportamiento en sí, y si Natali hubiese conseguido una mezcla más verosímil de extrañeza y realismo creo que SPLICE podría haber sido un título mítico instantáneamente, y no una curiosidad para un Sábado por la tarde.
Saludos del Hacedor.


jueves, 11 de julio de 2013

La bisutería



La brutal diferencia entre el gran artista, elevado muchos metros por encima de los simples mortales que admiran su obra, y el linotipista embaucador que, usando material ajeno, compone lo único a lo que puede acceder, que es la copia de baja estofa, queda perfectamente retratada en una película de animación que durante muchos años (acaba de cumplir 30) tuvo sobre sí un injustificado aura de adoración cuasifanática. Esto es moneda de uso común en el mundillo del cómic, y más concretamente en el del cómic de fantasía heroica, pero no es menos cierto que en múltiples ocasiones, y si no se sabe ajustar una serie de parámetros correspondientes, esto supone más un escollo "de fondo" que una ventaja. Economicemos recuerdos. FIRE AND ICE (ustedes la recordarán por "Tygra", pero su título original era éste) hipersalivó tanto a comiqueros irredentos como a profanos imputados a huevo por aquella maravillosa orgía de las salas que hubo en los 80; su triunfo: un trazo diáfano, simplista, deudor de un Conan que por entonces estaba en lo más alto, y una trama que hacía parecer dicho trazo una fantasía de Klimt. Esto sería hasta saludable si no contáramos con que FIRE AND ICE parte de una idea original del más grande ilustrador y creador de comics de la historia, el señor Don Frank Frazetta, y comparar el poderoso trabajo de éste con las terroríficas limitaciones (que por otra parte siempre tuvo) de Ralph Bakshi en lo técnico y unos sorprendentemente convencionales Roy Thomas (Conan... Conan...) y Gerry Conway en lo conceptual, es poco menos que un chiste que, afortunadamente, ha quedado en anécdota gracias al paso del tiempo. Aun así, en plena era digital puede ser reconfortante (no sé lo raros que pueden llegar a ser ustedes) volverse a encontrar con un film repleto de señores musculosos en taparrabos, babeantes trogloditas de (supuestamente) groso sexo, animalicos antediluvianos, malos de malaria (por lo azul) y, sobre todo, una curvilínea muchacha que es capaz de correr, despeñarse, nadar y hasta poner cara de sorprendida (yo miraba a la cara, lo juro) ataviada únicamente con un inexistente bikini transparente... Y ahí lo dejo, que me cargo lo poco de bueno que tenía la cinta. Aunque en realidad, lo que deberían hacer ustedes es volver a Frazetta. Simplemente háganlo por imperativo intelectual.
Saludos sin frío ni calor.




miércoles, 10 de julio de 2013

Nada sobre nada. En fascinante



En la esquizofrénica filmografía de Gus van Sant, tan proclive a alternar el extremo autoral con la papanatada alimenticia (y teniendo en cuenta que es lo más coherente que puede hacer un artista con inquietudes hoy día, y él lo lleva practicando algún tiempo), es posible que tengamos que admitir que fue GERRY, y no otra película suya, la que de verdad inició no sé si su etapa más interesante, pero sí la que ha expandido su concepción como autor cinematográfico hasta unos límites que rozan el ensayo didáctico para futuras generaciones. GERRY es el extremo llevado al extremo, es nada porque simplemente no puede ser ninguna otra cosa; una línea argumental mínima, casi una excusa, y, a partir de ahí, van Sant enseña dos cosas fundamentales: que el cine nunca, jamás podrá imitar a la realidad y que, caso de intentarlo, es un coñazo. El cine debe ser otra cosa, el arte del audiovisual en simbiosis con los sentidos de una persona a la expectativa de "encontrar" algo, de "hallar", y lo que Gus van Sant propone en GERRY es que sólo la mutilación de la sala de montaje y/o del montaje mental que cada director dispone en su cabeza puede hacer coherente, visualizable o soportable lo que de otra forma no se podría concebir como obra, que es ni más ni menos que la vida transcurriendo sin más. Lo dijo Joyce alto y claro: la obra más farragosa e intrincada puede que no abarque más que dos o tres segundos de potencia mental desatada. No hay más.
Ahora les contaré de qué va GERRY. Dos amigos (esto lo suponemos, porque podrían ser hermanos amantes o compañeros de Mus) van en un coche, lo estacionan en un parque natural en el culo del mundo y se ponen a caminar. Caminan, caminan, caminan... Caminan, caminan... De vez en cuando dicen algo que no le importa a nadie, y cuando ya llevan un buen rato caminando se dan cuenta de que se han perdido. Ahora bien, les advierto: esto no es un film de supervivencia al uso, sino, como decía antes, una especie de excusa, un tapiz sobre el que un director de cine puede experimentar con técnicas visuales, sonoras, y crear algo parecido a una burbuja de fascinación sin ceder a la tentación de tener que contarnos algo a lo que agarrarnos. Yo les recomiendo que la vean, pero sobre todo que la comparen con títulos como ELEPHANT o PARANOID PARK, es seguro que, al lado de GERRY, les pareceran altamente convencionales.
Saludos incesantes.

martes, 9 de julio de 2013

En brava posteridad



A partir de los años sesenta, y muy en consonancia con lo que significaba por entonces el swinging London como símbolo cultural de vanguardia, la BBC prestó su apoyo al BFI Experimental Film Fund en la realización de varios largometrajes bajo un claro epígrafe: "London Underground". A medio camino entre el ensayo warholiano o el terrible estructuralismo de Michael Snow, el título más representativo de esta efímera corriente fue HEROSTRATUS, monumental ladrillazo de dos horas y media con muchos fondos negros, muchos rostros iluminados en colores, una señora (en realidad son dos) de muy buen ver y un protagonista muy Mick Jagger que se pasa casi toda la película en pijama y el torso desnudo. Pero bueno, también hay un atisbo de trama, que viene a decir que este muchacho, en un acto de desafío al mundo biempensante, propondrá un trato a un alto directivo de una cadena de televisión: que filme su suicidio en directo saltando desde un edificio. Pero más allá de todo esto, debería reseñar algunos puntos cruciales por si alguien se atreve con un film, efectivamente, farragoso. Primero, su director, el australiano Don Levy, tras tardar cinco años en completarlo prácticamente desapareció del mundanal ruido, se dedicó a la enseñanza y en 1987 se suicidó. No queda esto aquí, pues su protagonista, Michael Gothard, que luego tuvo una discreta carrera como secundario, se ahorcó en 1992. Ambos sufrían de graves episodios de ansiedad y depresión. En el bright side of life, que dirían otros, destacaba la magnética presencia de Gabriella Licudi, una actriz de cortísimo recorrido a la que aludí en mi reseña de THE LIQUIDATOR y que personalmente encuentro irresistible y una megajovencísima e irreconocible Helen Mirren, en el que supongo uno de sus muy primeros papeles. En suma, una película no tan compleja como pedante, en la que, por poner un ejemplo que cualquiera puede entender, su dirección no sobresale tanto como su excelente fotografía, obra de Keith Allams y una hipnótica banda sonora a cargo de Halim El-Dabh. Así que avisados quedan.
Saludos perfundidos.

lunes, 8 de julio de 2013

De verdad... Jean Rouch #10



En 1965, Barbet Schroeder, como siempre adelantándose a su tiempo, concibió un curioso film coral cuyo leit motiv fuese la ciudad de París, sus calles, sus gentes y circunstancias, y todo supeditado a la libérrima visión de seis autores, seis directores sin más conexión que su deseo de homenajear a una ciudad como quien homenajea a una madre o una amante.
En el primer segmento, Jean Douchet se fija en Saint-Germain-des-Prés para mostrar una engañosa historia de espejos en la que una estudiante de arte norteamericana se despierta junto a un joven francés sólo para descubrir no sólo que no es quien dice ser, sino que su departamento no es más que el "caritativo" préstamo de quien finalmente abordará, sin soispechar nada, a la confundida joven.
Con el Gare du Nord de fondo, Jean Rouch ficcionaliza la realidad partiendo de un apacible desayuno y llevándolo hasta la calle en una magistral toma única. La convivencia se convierte en desprecio y, finalmente, en una inesperada tragedia en el que posiblemente sea el mejor episodio de los seis.
Jean-Daniel Pollet da un giro de 180º en el segmento que le dedica a la mítica Rue Saint-Denis y filma una cochambrosa habitación que servirá de encuentro entre un apocado friegaplatos asediado por el cuadro de su abuelo y una veterana prostituta de infinitas hambre y paciencia.
En la Place de l'Étoile (actualmente Plaza Charles de Gaulle), Eric Rohmer convierte al dramaturgo y actor de teatro Jean-Michel Rouzière en el reverso misántropo de Monsieur Hulot, que tras un patoso accidente, y gracias a su desmesurada cobardía, dará un giro a su cuestionable sentido de la conciencia. Hilarante episodio.
Mientras, Jean-Luc Godard va a lo suyo y enzarza a una pizpireta Joanna Shimkus (como si de una Anna Karina inconsciente se tratara) en un desquiciante juego de engaños y desencuentros entre un taller mecánico y uno de escultura metálica ¿?... (es Godard), y con dos telegramas cambiados como centro argumental en Montparnasse-Levallois.
Finalmente, Claude Chabrol demuestra por qué prácticamente nunca rodó en París y acota su visión de La Muette a un simple cartel publicitario; el resto ocurre en un escenario típicamente chabroliano, una casa burguesa en la que la criada sube las escaleras para consolar a papá, mamá se pasa el día hablando por teléfono de su desesperante vida y. mientras tanto, un chaval, harto de lo que le rodea, de oír sandeces en las copiosas comidas, se pondrá unos tapones que le harán la vida más agradable, pero quizá no a los que le rodean...
Film interesante, algo esquemático, pero que sirve para varias cosas, entre las que sobresalen las instantáneas de un París urbano y ligeramente hostil, tanto como para constatar el extraordinario cineasta que es Jean Rouch y la insobornable independencia de su cine.
Saludos.

domingo, 7 de julio de 2013

Rincón del freak #115: Daños cerebrales irreversibles



El daño al que me refiero es al que produjo la ingesta masiva de roñosos VHS de saldo en aquellos siniestros videoclubs de estante superior intocable o, aún peor, cortina negra tras la que se encontraba... ¡Lo prohibido!... Lo cierto es que, teniendo en cuenta que las pelis porno, en los años 80, eran un tabú cuasimítico, proliferaron multitud de producciones mediocres ("vomitivas" sería un término más ajustado) que ni siquiera llegaron a estrenarse en salas y cuyo único valor (por decir algo) era el muestrario de tetámenes y culantros que habitaban sus estrambóticas portadas. Ni siquiera hablo del soft porn (aquello que en Spain se calificó como "S"), sino de films de diversa índole temática, suspense, misterio, policíaco y que intentaba esquivar por todos los medios (habida cuenta de que Tarantino no existía para reivindicarlo) la lacra del exploitation. Títulos los hay a miríadas, pero hoy me acordé de uno que desde mi niñez me dejó un poco tarumba; me refiero a SCREAM FOR HELP, infame producción realizada a toda prisa y con el coste de una bolsa de acelgas congeladas, pero que tenía dos o tres cosillas que voy a comentar sin extenderme mucho. Primero que su director es el experto en bandazos Michael Winner, un señor que comenzó su carrera en los sesenta británicos con algunas películas de género que no están pero que nada mal, y que sin embargo, a raíz de su adopción yanqui, perdió la razón y se entregó a la causa de elevar a la categoría de antimito a Charles Bronson (YO SOY LA JUSTICIA... y otras cosas de meter), tras lo cual se hundió en fangales insorteables. Luego, el film era una infumable mezcla de "mipadrastromequierematarperomeresultaimposibledemostrarlo", que no era más que una burda excusa para enseñar vello púbico del de antes (A.K.A. felpudo) y tetas pre-silicona de abundancia francamente impactante. Pero es que además la cosa contenía una de las pocas incursiones en las bandas sonoras de John Paul Jones (sí, sí, el de Led Zeppelin!!), con un resultado igual de pobre que el cinematográfico. La peli es tan mala que nunca se editó en DVD, y estoy seguro de que incluso les costará encontrarla en la red, pero yo nunca olvidaré cuando mi padre la alquiló... seguramente por la portada...
Saludos sin pitorreo.

sábado, 6 de julio de 2013

La casi imposibilidad del misterio hoy día



Estoy seguro de algo: ésta es de esas reseñas que hacen terriblemente impopular a uno... aunque bien mirado, nunca se sabe con estas cosas... Empiezo ¿Por qué cojones una película necesitaría que, ocupando la totalidad de su cartel publicitario, apareciese la frase "El film más aterrador que jamás vas a experimentar" si no fuese por pura desesperación recaudatoria? ¿Algún complejo de inferioridad respecto al original porque la hizo un jovencito con el dinero sisado a la abuela y el tiempo la ha colocado como un gozoso e inimitable clásico? Improbable cuando esta inexplicable EVIL DEAD la ha producido el propio Sam Raimi, y no ha sido especialmente barata. Yo pregunto: ¿Qué la hace especial? Y pregunto otra vez: ¿Qué la diferencia de cualquier otra cataplasma sanguinolenta en HD? Yo respondo: Nada. Nada en absoluto. Entonces ¿qué narices está pasando aquí? Pues pasa que, exactamente como en la reseña de ayer, y aun salvando las infinitas diferencias de índole puramente técnica, EVIL DEAD (versión 2013) carece de esa pequeñez que casi todos los directores actuales pasan por alto y que se llama "novedad". La línea argumental es diáfana hasta lo disgustante: grupete de jovenzuelos agilipollados que se van al culo del mundo a hacer el gamba (que en lugar de montar una rave sea para un acto de desintoxicación no les hace más inteligentes, lo juro), que no son capaces de cambiar un inquietante gesto de estreñimiento constante y que además está claro lo que les va a pasar desde que deciden que qué bien se está ahí aunque el subsuelo esté minado de gatos muertos... (este detalle es simplemente alucinante). Para colmo, el señor Álvarez (que rueda mejor sin un puto pavo, ahí están sus cortos) nos regala una intro explicativa que no sé a qué carajo de fan le va a interesar, porque no explica nada. En fin, que como expositor de "nuevas técnicas" puede pasar, pero no hay alma aquí; a Raimi le bastaba un fantástico encuadre de un banco colgante golpeando por el viento que de repente se queda parado, y por muchas lentillas de colores, sirope de fresa y gore bestiajo que nos metan casi como con embudo, lo cierto es que no hay un solo momento en que uno pueda decir "Hombre, esto tiene su aquél..." Efectivamente, la han colado impúdicamente, pero si vas hasta las cejas de MDA y Red Bull a lo mejor te puede arrancar una efímera sonrisa. Me refiero a ti, jodidísimo espectador de nueva generación...
Saludos envilecidos.



PD: ¡Ah, casi me olvidaba! Sí que tiene algo bueno, que eleva, aún más si cabe, la extraordinaria calidad de THE CABIN IN THE WOODS.

viernes, 5 de julio de 2013

El difícil arte del misterio



Entre hoy y mañana, y con ayuda de dos títulos alejados en el tiempo pero próximos en intenciones, intentaremos llegar a alguna conclusión acerca de un fenómeno que personalmente me parece fallido, manoseado y desde luego muy mal enfocado. No sabría muy bien cómo denominar algo que, aun teniéndolo en la punta de la lengua, es verdad que ni compone un género ni una deriva; posiblemente sea más una intuición propia, un hartazgo por no saber digerir con ligereza lo que con toda seguridad no pasa de una broma pesada y sin gracia.
Un poquito (no mucho. Casi nada) se habló allá a comienzos de siglo (no se lleven a engaño por el fotograma, me refiero al XXI) de una película de terror cuyo máximo valor era lo estupendamente que conjugaba su "trama en sí" con una especie de arcano found-footage de (ahora sí) principios del siglo XX; y si uno se refería sólo a algún tráiler, reseña escrita o incluso el comentario que ese maestro de la soplapollez ensimismada que es Íker Jiménez desplazó en su inefable programilla de TV, puede que THE BLACK DOOR logré hacer que le pique el gusanillo curiosete, mas cuando al fin se veía el largo en su totalidad, una sensación predominaba: nos la han vuelto a colar. Sí, porque esta mediocridad sin ambages, caso de desvelarnos algo, esto sería lo muy complicado que es conciliar la publicidad con el resultado, y más aún en un género, el de terror, basado en la cantidad de misterio que sus promotores sean capaces de generar a su alrededor y, si es posible, en su interior. Para no extendernos, hablamos de un tipo que descubre la existencia de una secta satánica y desde entonces parece sufrir una especie de maldición que lo va consumiendo poco a poco; la gracia está en que la toma de contacto se ha producido gracias a una extraña y antigua filmación en la que se muestra una truculenta sesión de... ¿exorcismo? ¿iniciación? ¿"lo que sea" diabólico? Así que por un lado tenemos lo que vemos en la foto de arriba, bastante conseguido visualmente, pero que en ningún caso hubiese necesitado la excusa de una explicación en tiempo presente y que, desgraciadamente, se carga cualquier morbillo que ello nos hubiese pdido suscitar, ya que, como película en sí, THE BLACK DOOR deja bastante que desear, y es sintomático que de su director, el ignoto Kit Wong, no se supiese nada después.
Saludos a 25 fps.

jueves, 4 de julio de 2013

Vivir, que no es poco



Un chaval en el Sur de Estados Unidos, camisas de cuadros, camionetas, granjas, grandes espacios... Lo típico de tantas y tantas películas americanas. El chaval tiene un hermano mayor, se va con él a cazar patos y entonces ocurre una terrible desgracia que marcará el devenir de la historia de este muchacho. En THE STONE BOY, Christopher Cain lo tenía más fácil que en otras ocasiones para cargarse con su habitual torpeza cinamatográfica una historia que era carne de telefilm; increíblemente, le sale una película con el punto justo de ternurismo y con una más que aceptable dirección de actores. Claro que todo debe ser más sencillo si se cuenta con un estupendo Robert Duvall, una contenida Glenn Close y un elenco de secundarios tan solvente como Frederic Forrest, Wilford Brimley y Jason Presson, que borda su papel de pequeño héroe que deberá endurecerse ante una vida mucho menos amable de la que un chico de su edad suele tener. Una de esas olvidadísimas películas que sólo unos cuantos han visto y que constataba un par de aspectos: que en los ochenta no todo fue desenfreno y que el señor Cain consiguió el solito cargarse cualquier tipo de crédito obtenido en este correcto film.
Saludos pétreos.

miércoles, 3 de julio de 2013

La felicidad que escapaba como espuma del mar



De alguna manera que aún no sé describir con exactitud, debe ser RYAN'S DAUGHTER mi película preferida de David Lean. Difícil aseverarlo, en todo caso, pues hablo de un director al que respeto profundamente y que yo coloco entre los diez más importantes de la historia del cine sin pestañear ¿Cómo es entonces ese arrebato cuasicósmico que arranca con el ruido del omnipresente acantilado y encadena con el dibujo, pictórico y terrenal, de unas figurillas apenas visibles desde el jodidísimo punto de vista que Lean nos ofrece? Y es que, en un juego brillantemente "faulkneriano", nosotros, sagaces espectadores que tan ilustrados creemos estar en todo momento, hemos de conformarnos con las observaciones de un idiota, un retrasado mental que despoja de solemnidad una historia tan hermosa como sórdida, tan luminosa como vergonzante; una historia que a los necios les parecerá de amor, a los abruptos de sexo enconado y a unos cuantos, que supieron ver más allá, un complejo estudio sobre la infelicidad. Imprescindible, en todo caso, es conformar un reparto coral distribuido a lo largo de tres intensas horas y que vira el relato hacia una postura más "joyceana". No es casualidad, pues cada personaje tiene una función o cometido que no puede obviarse y que hace avanzar el film hasta su tremendo desenlace. Enormes actores para unos personajes poderosísimos, y casi como en un polígono indestructible, que se necesita para retroalimentarse los unos a los otros, sobresalen varios. Robert Mitchum, o el norteamericano que mejor ha hecho de irlandés (con permiso de John Wayne, of course), un pobre hombre que vuelve para estar tranquilo y terminará arrastrado por la pasión de una joven, Sarah Miles, que apenas sabe qué es vivir, y que en el transcurso de aprenderlo se dará cuenta de que ser feliz tiene un precio, que es la envidia de quien no lo es; Trevor Howard es el cura que no mira al cielo, sino a la tierra, por eso su sotana siempre está manchada de barro y se remanga para echar una mano a quien lo necesita, un hombre al que le resulta imposible estar en todas partes y que parece oler la fatalidad a kilómetros; Christopher Jones, el oficial inglés que llegó cojeando y que sabe que la ocupación es imposible, y que incapaz de poseer la tierra, poseerá un cuerpo; Leo McKern, el Ryan del título y un burdo tabernero incapaz de defender a su propia hija hasta que no es demasiado tarde. Y por encima de ellos, una presencia inagotable, indescifrable, que observa precisamente porque nadie le observa nunca a él, el tonto del pueblo, una mente que no entiende a la manera común, pero tras cuyos anhelantes ojillos se esconde una verdad inconmovible; un idiota que observa y cuya observación es, a veces, la única información que nos es dada, una torre vigía insólita que por siempre quedará encarnada en la sobrecogedora interpretación de John Mills. Obra maestra absoluta e imprescindible.
Saludos.

martes, 2 de julio de 2013

El valor del remite



Amantes de los libros... Amantes de las cartas... ¿Acaso hablamos de hace 200 años? ¿de una sociedad perdida o fuera de la realidad? Lo que la escritora norteamericana Helene Hanff relató en su gran obra maestra era, ni más ni menos, una relación epistolar, la que la unió durante más de veinte años a Frank Doel, un librero británico que compartía con ella su exquisito gusto por ediciones antiguas, inencontrables en América y, sin embargo, minusvaloradas en Europa. 84 CHARING CROSS ROAD habla de esto, pero también de cómo la solitaria Helene demostrará su gran corazón enviando, con cada remite monetario, diversos alimentos, que son recibidos con gran emoción por unas personas que sufren tremendas carenciasa causa de la guerra. El único problema que le veo al film es cierta tendencia a la cursilería, confundiendo ésta con la elegancia de un texto que, sin ser muy extenso, logra conciliar un gran abanico de posibilidades narrativas; aparte de la dificultad de salvar la escisión dramática cuando el relato oscila desde Estados Unidos a Gran Bretaña. Sustentada en dos estupendas interpretaciones, la de un Anthony Hopkins aún no demasiado conocido fuera de su país y una Anne Bancroft poco antes de comenzar su cruenta batalla contra el cáncer, se trata de una película que merece la pena recuperar (es de 1987) por lo que cuenta y cómo lo cuenta; si son amantes de los libros, creo que lo entenderán a la perfección.
Saludos correspondidos.

lunes, 1 de julio de 2013

De verdad... Jean Rouch #9



Edgar Morin y Jean Rouch advierten al principio de CHRONIQUE D'UN ÉTÉ que no va a haber guion, que el cometido de la película va a ser tan simple como complejo: extraer las respuestas, sensaciones y emociones de un grupo de personas como si de una una serie de conversaciones cotidianas se tratara. Así, los dos cineastas no sólo logran una de las cumbres del Cinéma Vérité, sino que consiguen transgredir los falsos conceptos de la incipiente Nouvelle Vague a base de depurar un discurso tan despojado que casi pertenece únicamente a quienes dialogan, monologan, preguntan, responden, dudan o consiguen incluso llegar a conclusiones novedosas ¿Pero de qué va en realidad este excepcional film? Primero, yo diría de pulsar la realidad francesa de 1960; la guerra de Argelia, la precariedad laboral, la insatisfacción de los "aspirantes a bohemios", la hipocresía tras una actitud veladamente racista con los emigrantes africanos, la vacuidad de quienes viven de vender su imagen en los lugares de veraneo... Y todo comienza con una inocente (aunque difícil de responder) pregunta a los viandantes "¿Es usted feliz?" Las respuestas van desde lo indignado a lo estupefacto, y no son muchos quienes llegan siquiera a preguntarse algo que normalmente no nos preguntamos. A partir de ahí, el film se convertirá en una cadena de acontecimientos, frases, cuestionarios y, sobre todo, imágenes cuya calidad resulta sorprendente para un trabajo que hace de su inmediatez virtud. Finalmente, un breve coloquio, tan revelador como poco acomodaticio, nos da a nosotros, los nuevos espectadores, las opiniones de sus protagonistas, y pareciera como si el tiempo no fuese más que un juego...
Saludos.

domingo, 30 de junio de 2013

Rincón del freak #114: Demasié p'al body, nene



Ni siquiera yo estoy absolutamente de acuerdo con todos los títulos que he ido incluyendo en esta sección desde que decidí meterla cada Domingo; la razón, lo he explicado muchas veces, es dar rienda suelta a esos films que han llegado a hacerme dudar del porqué de aguantar hasta el final algo que simplemente no me gusta. Es mi sino, en cine, música, literatura... y quién sabe si hasta en las relaciones personales. Anyway... La de hoy es oscura de narices, una coproducción hispanogabacha de 1969 dirigida por un especialista (sí, esos que se tiraban de edificios o se estrellaban en coches) y protagonizada por un Jean Marais ya en total decadencia y, lo que es peor, intentando pasar por un supermacho ametralladora en mano y repartehostias. La excusa era que el pobre hombre se convirtió en asaltante de trenes blindados porque quedó tocado después de perder a su mujer e hijo, lo que da una idea de lo limitadillo del guion. En Francia se tituló LE PARIA y en España tuvo un más solemne JAQUE MATE, y permítanme dudar de que esto se viese en otra cosa que no fuesen cines de verano y en sesión doble. Ahora que uno puede ver lo que le dé la gana, ya saben, saquen su lado ninja y arriésguense como yo lo hice una anodina tarde de... No, no me acuerdo...
Saludos frikadélicos.

sábado, 29 de junio de 2013

Y si así fue...



Seis años antes de la adaptación ficcional, las Runaways tuvieron una oportunidad inmejorable para explicar a sus anchas el porqué de su corto recorrido y lo abrupto de su separación, cosa que, por ejemplo, pasaba de puntillas en la antes mencionada. El problema es que este oscuro documental apenas ha gozado de repercusión más allá de la televisión por cable estadounidense, pero aquí sí que podremos oír la voz autorizada de la guitarrista Lita Ford o de la explosiva batería Sandy West, además de a Jackie Fox, que fue literalmente botada en mitad de una gira. Aderezada con jugosas imágenes, como las de su inmortal concierto en Tokio, el documental está sustentado sobre todo en la palabra; sin ánimo de anteponer cualquier tiempo pasado como un tiempo ideal, las diferentes componentes (resulta significativa la negativa de Joan Jett a participar en el mismo) darán sus puntos de vista, que, aunque diferentes, confluyen en la excesiva rapidez que su obsesivo productor, Kim Fowley, imprimió a un grupo formado casi en su totalidad por adolescentes. Si de verdad les interesa qué fue lo que le pasó realmente a The Runaways, mejor pónganse con este documental, el resto a lo mejor no es más que ficción.
Saludos on stage.

viernes, 28 de junio de 2013

We love Rock'n'Roll



THE RUNAWAYS pudo haber sido un pequeño acontecimiento, un nuevo intento por hacer de un biopic (y más concretamente el de unas estrellas del Rock) una película lo suficientemente consistente y trascendente, más allá de la mera anécdota y los lugares comunes, tan caros a este tipo de productos. En este caso, a mí me parece que se ha vuelto a patinar, aunque hay dos o tres momentos francamente interesantes en esta aventura, supuestamente autobiográfica, sobre aquel desquiciado grupo, pionero de las riot girls, y cuyo fugaz aunque esplendoroso paso a mediados de los años setenta acabó precisamente por la indefinición entre ser un producto calibrado por su ambicioso productor o un verdadero estallido de veracidad y furia juvenil. No tan conocidas en nuestro país, y sin embargo veneradas en países como Japón, las Runaways eran tan potentes, seductoras y rompedoras encima del escenario que por un momento fueron esa big sensation que las listas americanas buscan desesperadamente. El film, correcto y, como ya digo, con dos o tres chispazos de originalidad, se basa, fundamentalmente, en el esforzado trabajo de caracterización de Kristen Stewart y Dakota Fanning, dando vida a las dos puntas de lanza del grupo, Joan Jett y Cherie Currie, quedando el resto del grupo lamentablemente relegado a un segundo plano prácticamente intrascendente. Si ya la vieron, y encima eran fans del grupo, no tengo duda de que les habrá decpcionado; por el contrario, si no conocían la caótica deriva de estas chicas californianas, puede que les magnetice lo suficiente como para que sus casi dos horas no les pesen... a mí me pesaron. Lo mejor: algunas caracterizaciones, como la de Michael Shannon. Lo peor: que no hay quien se lo crea...
Saludos, peña.

jueves, 27 de junio de 2013

El límite de la moral



En absoluta contraposición al film reseñado ayer, Julien Duvivier se propuso filmar en VOICI LE TEMPS DES ASSASSINS..., y bajo la apariencia de un thriller de lo más clásico, un complejo estudio sobre la maldad humana cuando ésta se sirve de una absoluta amoralidad. Si creen haberlo visto todo en cuestión de películas con personajes engañosos, desde luego que este tremebundo film se lleva la palma, y sobre todo el personaje magistralmente interpretado por Danièle Delorme, que pasa en apenas un par de gestos de ser un ángel encantador a ser la persona más despreciable que uno podría echarse a la cara. La trama gira en torno a un maduro cocinero, dueño de un restaurante, que se enamora perdidamente de la joven Catherine, que poco menos le pide que la acoja, al haberse quedado huérfana y haberlo perdido todo. Contar demasiados aspectos de la película puede llegar a ser contraproducente, pues uno de sus mayores logros consiste en la maestría con la que Duvivier va tejiendo las relaciones entre unos personajes que nunca son secundarios, sino que aportan exactamente lo que esta sórdida historia sobre venganzas, traiciones y desengaños necesita para que nos enfrentemos, aquí sí, al lado más oscuro de los seres humanos. Pero sí me gustaría resaltar el excelente trabajo del gran Jean Gabin, que compone también un personaje tan contradictorio como lleno de humanidad. Cuesta trabajo imaginar lo audaz de la propuesta de Duvivier nada menos que en 1956, lo que hace de este fabuloso film una experiencia tan estimulante como finalmente aterradora.
Saludos veraces.


miércoles, 26 de junio de 2013

El vil metal



Ustedes lo saben, yo lo sé. Todo el mundo sabe que los franceses no tienen gracia, tienen otras cosas, pero no gracia. Así que cuando los franceses deciden hacer una comedia pueden ocurrir dos cosas, que sea un pastelón infumable y alejado de lo que comúnmente se entiende por "gracioso", o que todo el argumento gire en torno a un ensalzamiento de los buenos valores cívicos y fraternales entre opuestos. Esto lo llevan haciendo los gabachos desde siempre en el cine, y no siempre con buenos resultados, pero una de las mejores comedias "puras" facturadas en Francia fue la traslación que René Clair hizo de la obra teatral de Georges Berr en 1931. LE MILLION plantea un enredo absolutamente diabólico en torno a un simpático sinvergüenza, un décimo de lotería premiado y una chaqueta prestada a un mendigo; es decir, que el décimo desaparece, los vecinos intentarán hacerse con él por todos los medios y ello dará como resultado un frenético guion de encuentros, desencuentros y engaños por todas partes. Si Berlanga hubiese nacido en Francia, ésta podría ser una suerte de PLÁCIDO, con menos crítica social y sí un deseo por celebrar que tras la codicia pura y dura aún puede existir gente que simplemente quiera ayudar a los demás. Para este verano caluroso, quien no pueda darse un chapuzón siempre podrá acudir a una refrescante comedia, como ésta... y, sí, francesa...
Un millón de saludos.


martes, 25 de junio de 2013

Todos somos extraordinarios



Hay dos cosas que quedan muy claras después de ver una película tan alocada, extraña y antipática como ROMANCE & CIGARETTES: que John Turturro está dispuesto a jugarse el tipo haciendo las pelis que los Coen nunca se atreverán a hacer (mientras éstos produzcan, claro) y que James Gandolfini no debería haber intentado cantar, ni siquiera en clave bufa. Aun así, y teniendo en cuenta que esta bomba de histeria, kitsch de saldo y sexo guarrindongo fue un completo fracaso de público (en España creo que no se llegó a estrenar), lo cierto es que se parece tan poco al posthumor que nos llevan metiendo en vena en los últimos tiempos que mantiene intacta una vena, más que gamberra, atroz. Y es muchas cosas además de la siempre difícil elección entre el amor y la pasión, las familias disfuncionales (que al final son las únicas que funcionan) y la imposible escapatoria hacia vidas mejores (impagables las conversaciones entre Gandolfini y Buscemi en las alturas). Turturro bebe sobre todo de sus grandes mentores (¿quiénes si no?), pero también hay algo de lo que hemos visto en Wes Anderson, solo que mucho más acelerado, o Judd Apatow, pero menos aséptico; es decir, una película que navega sola por muy contraproducente que le haya sido después. Bien Turturro en la dirección y bien en algunos actores, los que también van por libre y no se dejan encasillar, como unos geniales Christopher Walken, Kate Winslet y Steve Buscemi, aunque el resto se esfuerce por salir en una foto demasiado apretada... y eso se nota. Y por encima de todos ellos, un James Gandolfini en el que es casi su único papel protagonista en cine; ya nunca veremos más su mirada de lobo acorralado ni su corpachón, gigantesco y tímido, no oiremos su peculiar voz nasal advertirnos de lo que nos pasará si seguimos dándole la tabarra... A Gandolfini le ha faltado tiempo para completar el "trío mágico", tenía la presencia, el carisma, el talento... y hasta el apellido italiano, pero a lo mejor nació demasiado tarde... y se murió demasiado deprisa...
Saludos de Nicky Nicotine...

lunes, 24 de junio de 2013

De verdad... Jean Rouch #8



En LA PYRAMIDE HUMAINE, Jean Rouch propone un sencillo pero desafiante juego: en la Escuela Liceo de Abidjan, donde toman clases jóvenes de raza negra y blanca, aunque segregados, el cineasta realizará un documental con una premisa simple, que no es otra que la convivencia de un grupo de estudiantes para comprobar si realmente existen prejuicios cuando una persona está en plena formación. Así, las barreras culturales desaparecen y los jóvenes tendrán que enfrentarse a sus propios miedos e ideas preconcebidas, la mayoría impuestas por una sociedad empeñada en crear un odio hacia lo diferente. Salvando las reservas acerca de lo real, lo representado y lo que Rouch entiende como ficcional, el resultado es un apasionante borrador sobre el que se pueden plantear cientos de interrogantes y que a día de hoy, y con sus muy bien llevados más de cincuenta años, sigue siendo uno de los mejores films sobre el racismo, no como un drama o un problema social, sino como un estrato dispuesto a ser indagado psicológicamente. No es el "cómo", una vez más es el "por qué", y más de uno debería replantearse por qué le sigue agrediendo asistir a un inocente romance entre una chica blanca y un joven negro...
Saludos.


domingo, 23 de junio de 2013

Rincón del freak #113: Parque Lupásico, o las ventajas del guturalismo inveterado y calzonero



Por ONE MILLION B.C., lo que casi todo el mundo conoce es la despechugada versión que el ínclito Don Chaffey perpetró en 1966 y a la mayor gloria de una Raquel Welch que ya nunca más (nos) enseñaría tanto... Pero hubo una versión anterior de este estropicio histórico rodado con con iguanas, cartón piedra y lentes de aumento, y la hizo otro inefable del batiburrillo comercial, nada menos que Hal Roach, quien fuese gran valedor de Harold Lloyd y luego de Laurel & Hardy, casi ná... Yo, claro está, imagino a aquella audiencia de 1940 (¡1940... jodó!) absolutamente embriagada con la posibilidad de una civilización prehistórica en tiempo de dinosaurios, aparte de la poca ropa lucida por las señoritas (peinadas a la moda de entonces... de los cuarenta, claro) y admirando los músculos de un Victor Mature que nunca se sintió tan cómodo con sus líneas de guion, que abarcaban aproximadamente unas dos líneas para 80 minutos de prehistoria inverosímil y gozosamente aliñada con trucos visuales, porque entonces no había efectos digitales, ustedes saben... La película, para qué engañarnos, no es gran cosa, pero su atávica excentricidad formal la hace irresistible como reclamo de frikis irredentos. Ah, y que Carole Landis también estaba un rato buena, que se me olvidaba mencionarlo. Para una tarde aburrida no tiene precio, pero poco más.
Un millón de saludos.

sábado, 22 de junio de 2013

La maldad y la miseria



Muy probablemente, el año que viene intentaré completar de una vez todo Chabrol; es algo que veo como necesario y que llevo persiguiendo bastante tiempo. Mientras ello sucede, vayamos con una de sus mejores películas, frase ésta que no tiene mucho sentido en una filmografía repleta de excelencia. VIOLETTE NOZIÈRE es un título que no se suele mencionar con asiduidad, pero que es, a mi escaso juicio, una verdadera obra maestra. Con una jovencísima y apabullante Isabelle Huppert (el film es de 1978), Chabrol propone un gélido retrato acerca del egoísmo y la falta de sentimientos de un personaje tan siniestro como aparentemente dulce. Pero Violette Nozière existió en realidad, fue una especie de señorita-demasiado-bella-y-refinada-para-un-apestoso-suburbio, una adolescente que aborrecía la vida anodina que la rodeaba y soñaba con vivir en el lujo y el exceso. Los métodos para conseguirlo los tenía claros, así que se convirtió en meretriz a tiempo parcial, lo que le granjeó una dudosa fama que ella despreciaba por provenir de quienes consideraba no más que inferiores. Lo que Chabrol propone en la película, aparte de un exhaustivo y minucioso retrato de la compleja personalidad de esta adelantada señorita, es, nuevamente, un tratado acerca de la hipocresía en el choque de clases y los oscilantes seísmos desatados en la mente de una mujer-niña, que igual parece tenerlo todo controlado como es capaz de perder los papeles en cuanto vislumbra una posible escapatoria de una vida que fue hecha para ella; y todo desembocará en un final tan trágico como revelador, un cruento acercamiento a la maldad, casi inconsciente, proveniente de quienes son incapaces de soportar la miseria. Es un film sencillamente excelente, una de las mejores interpretaciones de la Huppert y uno de esos títulos que merece la pena traer al presente y sin excusas.
Saludos au Pernod.


viernes, 21 de junio de 2013

Besos, azúcar y cigarrillos



MY BLUEBERRY NIGHTS fue, hasta hace poco, una de esas películas a las que no lograba encontrarle un hueco en mi agenda cinéfila, bien por desidia, por desconfianza o por un instinto aún no registrado que me advierte del potencial apriorístico de una película. La vi... ¿y qué quieren que les diga?... Es Wong Kar-Wai, sí, y no sé si eso significa gran cosa, porque nunca he creído lo suficiente en los artistas que anteponen (puede que inconscientemente) su nombre, su "yo" ("La de Almodóvar... La de Lynch") a su obra, que es lo que debería importar. Pero el de esta película es un caso curioso, porque se puede intuir que la América del director hongkonés es forzadamente americana, casi con una impudicia que difícilmente se le ocurriría organizar a un director norteamericano; y aun así, es cierto que sus personajes están bien dibujados, mucho mejor (por eso digo que todo es tan raro) de lo que el cine hollywoodense nos suele acostumbrar. MY BLUEBERRY NIGHTS parece un Jacques Demy pasado por el filtro de Alan Rudolph... Pigalle en Brooklyn... a lo mejor estoy perdiendo la cabeza yo, claro, ¿pero qué esperaban de un film en el que la alabanza del romanticismo incluye tartas caseras, café, cuellos altos y cigarrillos apoyados en escaparates multicolores? Esto en un libro queda bien, se puede moldear a la manera de Philip Roth, dotarlo de un sentido mayestático que en este film la endeble Norah Jones nunca llega a lograr; mejores, sin embargo, están Jude Law (y eso que tiene el papel menos agradecido de todo el film), Natalie Portman, Rachel Weisz y David Strathairn, y muy especialmente estos dos últimos, cuya escindida aparición, casi un capítulo aparte en sí mismo, podría haber dado lugar a una historia más interesante ¿O es que el whisky no sigue siendo mucho más interesante que los batidos de chocolate?...
Mis más sinceros saludos.

jueves, 20 de junio de 2013

El espejo roto #3



El tercer y último episodio de la primera temporada de BLACK MIRROR, The entire history of you, se resume en la máxima impuesta por Philip K. Dick en sus mejores obras: la tecnología no puede ser controlada en la misma forma que la carne lo es. Esto, explorado en cine en profundidad por cineastas como David Cronenberg, supone un reto para un segmento de apenas cincuenta minutos y que, sorpresivamente, no basa en absoluto su mayor logro en una pastosa exhibición de efectos y "campanillas", sino en la lograda pesimización de su discurso, que la lleva de la sorna pretendidamente snobista a un giro final que extrae vetas de emoción sin eludir jamás su extraño concepto de complejidad. Sí, el asunto es complejo de digerir, pero no por su dificultad o enrevesamiento, sino porque nos cuesta admitir que lo que estamos viendo en pantalla es calcado a lo que nos ha pasado a nosotros mismos; con una diferencia: nosotros aún podemos disfrutar de cierta privacidad, mientras que, más allá de esclavo de la tecnología, The entire history of you marca sin compasión a sus personajes a vivir en un limbo causal que no es "este mundo" ni el otro, el virtual, sino una nada compuesta de imágenes y sensaciones que provienen de un pasado que ni siquiera se puede estar seguro de si existió. Una paradoja terrible que además está narrada con fluidez e interpretada con solvencia. Sin buenos ni malos, la primera temporada de BLACK MIRROR supone una experiencia intimidante para quienes llevan décadas con el pensamiento preestablecido en pautas reconocibles; para el resto, los inconformistas, los exigentes y los que saben que la letra siempre entró con algo más que sangre, esa aburrida dicotomía, salvavidas de mediocres, es reemplazada por una profunda reflexión en tiempo presente, el único tiempo que existe, el más excitante, el mejor...
Saludos, si es que aún estamos aquí...

miércoles, 19 de junio de 2013

El espejo roto #2



Tras el impacto del primer episodio, puede que 15 million merits sepa a poco, a inducción por simple gravedad, a un cierto rescate desde el exhibicionismo crticado en el primer segmento de BLACK MIRROR. Error. Puede que, precisamente, sea éste mi episodio favorito, y precisamente porque es el que con más virulencia nos ataca a todos, y sin compasión. No hay aquí una dicotomía entre la zombificación de "la audiencia" y el mazazo necesario para tomar conciencia, sino que Charlie Brooker propone un viaje al corazón mismo del infierno, y el infierno, versión 3.0. (o como se llame) lleva ya algún tiempo encarnado en la bazofia más repugnante a la que uno puede vender sus neuronas: los programas meritocráticos... Y si son asiduos de los mismos, O. T., Factor X, Masterchef... y no incluyo a Gran Hermano porque ahí ni siquiera hacen falta méritos...
Imaginen un lugar donde sólo hay pantallas interactivas, donde diariamente entran y salen jóvenes con el único ansia de "triunfar", ser reconocidos por la masa sea como sea. Imaginen sus habituales juegos de Facebook, su recolección de zanahorias inexistentes, su cuidado de vacas inexistentes, sus regalos inexistentes a amigos que en realidad no tienen... Imaginen que al final de todo ello (un final que, efectivamente, no existe) les esperase un celestial superjurado formado por bellos y ecuánimes sentenciadores de "lo que sí existe", de sus millones de méritos adquiridos gracias a su esfuerzo. Si pedalean más en la bicicleta, más méritos; su comen menos grasas, más méritos; si superan las pruebas intelectuales, más méritos. Así dicho ni siquiera suena mal, lo que suena mal es que toda la vida de una persona dependa por entero de una serie de méritos que no sirven para absolutamente nada, pero que, sí o sí, han de ser evaluados por ese sanedrín oficial de la estupidez. Sin querer desvelarles mucho, 15 million merits nos habla de la imposibilidad de la rebelión y (no sean gilipollas ustedes también) mucho menos de la "rebelión desde dentro"; su distopía bebe de un mar de pantallas delicuescentes, que explosionan en mil colores y muestran un mundo sin problemas reales, también nos habla de cómo el amor puede hacernos ver el negro profundo de estas pantallas cuando se apagan, y que a lo mejor aún podemos entablar una conversación con alguien mirándole a los ojos. Incluso contarle algo interesante...
Saludos nominados...


martes, 18 de junio de 2013

El espejo roto #1



BLACK MIRROR es una de las contadas conmociones que uno puede encontrar hoy día. Conmoción, tal y como suena; como un seísmo, como un ataque cerebral, como un ramalazo de inteligencia visceral. Pensábamos que los tres demoledores episodios que componían esta barbaridad quedarían ahí, escuetos y solemnes, un sitio donde acudir cuando todo lo demás ha fallado, pero tenemos tres nuevos episodios recién estrenados y que comentaremos aquí cuando toque; pero claro, también pensábamos que podíamos comparar, en términos de calidad, la televisión británica y lo que sea que se está produciendo en este país, donde, créanme, algo así es impensable...
BLACK MIRROR se abre con The National Anthem, 45 minutos a los que no les habría ido mal el celebérrimo tema de Radiohead. Una patada en los cojones y poco más ¿ustedes necesitan que les expliquen un poco más? De acuerdo, pero a lo mejor tienen que acostar a los niños y bajar el volumen. En pocas líneas, The National Anthem cuenta lo siguiente: La policía británica ha recibido un video en el que se ve a la princesa Susannah secuestrada; todas las comprobaciones llevan a la conclusión de que se trata de un secuestro real, que no es una broma ni un fake. La princesa ha sido secuestrada y será asesinada si no se cumple un único y simple encargo: el Primer Ministro deberá tener sexo real con un cerdo y será emitido por el canal principal y a hora de máxima audiencia. Simple y efectivo. Lo que Charlie Brooker propone, antes que el impacto (y éste es monumental), es la reflexión, pero no una reflexión "guiada", como la que diariamente se nos impone desde los mass media; no se trata de charlatanería barata, sino de una trampa mortal a la que se va descendiendo sin solución de continuidad gracias a un guion exquisitamente tejido. The National Anthem reflexiona sobre el doble y absurdo sentido del exhibicionismo en la era del "todos conectados", y coloca a todo el mundo (poderes fácticos, prensa y espectadores) en el punto de mira de quien se atreva a mirar no a un señor poderoso e intocable rebajado en cuestión de horas al mayor grado de bajeza imaginable, sino a esa pantalla efectivamente todopoderosa, capaz de pasar de un inerte color negro al mundo de posibilidades en que se ha convertido una sociedad interconectada que es incapaz de comunicarse. Si no la han visto, se están perdiendo ese shock que llevaban tanto tiempo esperando.
Saludos desde el centro de operaciones de Peppa Pig...

lunes, 17 de junio de 2013

De verdad... Jean Rouch #7



MOI, UN NOIR es una película hermosísima en su tosquedad, redonda y perfectamente acabada dentro de su ansia de libertad, de recoger esa libertad "sufrida" por los desgraciados, que aquí son los jóvenes emigrados desde Níger hasta el suburbio de Treichville, en Costa de Marfil. La cámara de Jean Rouch, precisa y capaz de sacar cualquier detalle sin que esto afecte a su medido aspecto descuidado, nos llevará alo largo de tres o cuatro días en la vida de Tarzán, Edward G. Robinson, Eddie Constantine (A.K.A. Lemmy Caution; A.K.A. Agente Federal de Estados Unidos) o Dorothy Lamour. Todos negros, todos seducidos por la modernidad que ven a diario llegar desde los muelles, donde se confunden los barcos con sus nacionalidades; en los gimnasios, donde los negros pobres sueñan con ser Sugar Ray Robinson; o en los abigarrados salones de baile, sudados de cerveza, agarrados a negras que quizá no sean más que jóvenes putillas en busca de italianos con dinero... Rouch sigue a este difuso grupo por todas partes, después de cargar sacos, a comer arroz con el jornal ganado, en el fútbol sin césped, cuando van a la iglesia a ver a las chicas o a las mezquitas para burlarse de los elegantes y refinados musulmanes. Vida. Vida sin más, y ni muchísimo menos. Una película inolvidable e inimitable.
Saludos.

domingo, 16 de junio de 2013

Rincón del freak #112: No son los Monty Python en estado puro...




... sino los Monty Python (lo que queda de ellos) haciendo caja con las cenizas de su otrora gloriosa e imparable maquinaria de irreverencia. Y eso que para cualquier seguidor del mítico ¿combo? ¿grupo? ¿compañía? ¿bomba de relojería? británico, algo de la entidad que se autogestiona para ampliar constantes que a cualquier aficionado medio ya le son absolutamente familiares, debería bastar y sobrar como una gozosa celebración. Deberían tener derecho a hacerlo, pero hay algo que chirría de forma siniestra bajo la parafernalia de este macrobiótico espectáculo llamado MONTY PYTHON: NOT THE MESSIAH (HE'S A VERY NAUGHTY BOY), en el que se recrean los momentos álgidos de LA VIDA DE BRIAN sobre un escenario en el que irán alternándose apariciones estelares bajo la batuta vocal de un omipresente Eric Idle, apoyado por cuatro cantantes de ópera... Puede que a mucha gente le haga gracia, pero yo encuentro absolutamente irreconciliables estos fastos, por muy bufos que nos los quieran vender, y el corrosivo nihilismo que constituía el verdadero motor de los Python. Y es que al final todo queda como una patética reunión de viejos amigos, en la que no sólo todos son más viejos y están más cansados, sino que además se demuestra que a día de hoy es imposible que pueda surgir nada realmente original de aquellos geniales agitadores que se meaban sobre la completa historia del cristianismo invitándonos a sonreír aunque te estén dando por el culo. Por eso, porque Monty Python son geniales, también son irrepetibles, y cosas como estas, que habrá a quien le guste, de acuerdo, y tienen todo el derecho, me parece que no son más que una digna manera de recaudar, y mientras los Rolling Stones no se retiren también tienen todo el derecho... Sólo para muy muy muy muy incondicionales.
Saludos desde el lado luminoso de la vida.


sábado, 15 de junio de 2013

Ensayos posmodernos



Es muy posible que, en un momento dado, al último y desquiciado (desquiciante) David Lynch, algún amigote travieso y patrocinado le pasara varias veces L'HOMME QUI MENT, en el que un esplendoroso Alain Robbe-Grillet trastornaba por completo la estructura narrativa convencional y nos desafiaba a integrarnos directamente en la psique del narrador, y sin que quede claro quién es el mismo. Un ejercicio "joyceano" al que es imprescindible dotar de algún tipo de seriedad para evitar una acuciante sensación de mofosa pedantería. En 1968, y teniendo en cuenta que Robbe-Grillet, artista multidisciplinar y de espíritu inquebrantablemente libre, soñó una fantasía que bebiese de dos grandes focos culturales como eran entonces Francia y Checoslovaquia, podría ser posible una subversión de tal calibre; en Lynch, por ejemplo, el problema es siempre el mismo: la falta de un pretexto colágeno y bastardo. Un ejemplo: Jean-Louis Trintignant, una aparición dislocada en el tiempo, evoca nada menos que la masacre sucedida en la Segunda Guerra Mundial en un pueblo centroeuropeo; oímos las balas, los gritos, pero este personaje está solo ¿es locura, representación o simplemente se nos quiere llevar a otro estado de percepción? Al no saber quién nos está contando lo que "vemos", lo que "percibimos" queda en suspenso, y la fantasmagórica aparición de tres mujeres deambulando por una casa arrasada, quizá esperando lo que luego sabremos que fue su marido, su hermano y su amante, vuelve a girar la críptica historia hacia otra parte aún menos iluminada. L'HOMME QUI MENT no es sencilla de ver, y lo lógico es que irrite su encoñamiento peligrosamente autista, pero no deja de ser una experiencia estimulante para que los seguidores de Lynch sepan de primera mano que sigue sin haber nada nuevo bajo el sol.
Saludos certeros.

viernes, 14 de junio de 2013

Esperando a Hickey



THE ICEMAN COMETH, además de atreverse en un larguísimo formato televisivo con la obra de Eugene O'Neill, ponía al día el loable intento que, trece años antes, ensayó Sidney Lumet con resultados discutibles. Y es que es ésta una obra pensada para el teatro desde su mismo planteamiento, en el que la pesada y alcohólica atmósfera del bar, en la que un grupo de alcoholizados perdedores debate asuntos entre lo mísero y lo sublime mientras esperan su Godot particular, compone una imparable maraña de diálogos, monólogos, declamaciones, reclamaciones y otros poderes a lo largo de sus intensas cuatro horas. Apoyado en unos actores de primera fila, Frankenheimer demuestra su personal visión de una obra de múltiples lecturas y la dota de una agresividad y desencanto superiores a los de su predecesora. Sin un verdadero protagonista (acaso ese Hickey que se hará carne hacia la mitad de la función), lo que O'Neill proponía era un paseo por la decadencia de quienes ya no esperan absolutamente nada de la vida, pasan pastosas e interminables horas balanceándose en sillas tan viejas y gastadas como ellos y cuya única ilusión consiste en esperar a ese "hombre de los helados", que llegará con dinero contante y sonante, y que les pagará su lento transitar hacia una desaparición sobre la que sostendrán multitud de debates. Lee Marvin daba vida a Hickey, el luminoso viajante mezcla de filósofo de tres al cuarto y redentor mesiánico; aunque su espectacular y extenso reparto se completaba con nombres como el de Fredric March, Stephen Pearlman, un jovencísimo Jeff Bridges o un inmenso Robert Ryan, que es el único personaje que se opone abiertamente a los sermones del que considera no más que un charlatán de pacotilla. Imprescindible para entender cómo demonios se hace cine en formato televisivo partiendo de una obra teatral...
Saludos en cucurucho.

jueves, 13 de junio de 2013

Rubik nuestro que estás en los cielos



Vamos con una de las buenas, porque es buena y porque ya tocaba registrar el cajón... Llevo ya un tiempecito diciendo que sólo existe una manera de renovación válida para el género de terror, para cualquier género, pero sobre todo para el terrorífico por sus características especiales, como es esa necesidad constante de sorpresa, de lucha contra el tedio de sus propios resortes y clichés. Sobre resortes y clichés va THE CABIN IN THE WOODS, que propone lo mismo de siempre... pero móvil. Y me explico. Este ingenioso artefacto comienza por colocar al espectador ante "su peli de miedo jodidamente arquetípica". Y cuento, y no desvelo nada. Hay una cabaña en mitad del bosque a la que va un grupo de jovencitos en una secuencia inicial que no puede ser más trillada; poco a poco los vamos conociendo, y son los de siempre: el guapo cachas, la rubia macizorra, la "menos maciza" pero más inteligente, el friki salido y desgarbado... Sí, sólo falta Scooby Doo, pero ¿y si les digo que a partir de ahí puede que salga hasta Scooby Doo? ¿Y si resulta que toda esta causa-efecto de típica peli de terror no es más que una excusa para desatar algo mucho más grande y más complejo. Eso es, como en el cubo de Rubik. Contaré un poco más, no mucho. Llegado el momento, salen los monstruos; los chicos corren, los monstruos los persiguen, terror, intriga... Y de repente... Hombre, no sé si ya estoy contando demasiado, pero lo remataré diciendo que todo cambia radicalmente, que parece que nos encontramos en otra película diferente y que el final es de lo más retorcido que ha ofrecido el cine comercial desde hace tiempo ¿Problemas? Muy pocos, porque la propuesta tiene escasas pretensiones y sí una saludable intención de subvertirlo todo hasta llegar a extremos que dejarán a más de uno de una pieza. Yo apenas le pondría un pero, aunque me parece inevitable: el final-final, que yo esperaba menos efectista y mucho más reflexivo, sobre todo teniendo en cuenta que el caramelo que Goddard y Joss Whedon (co-autor del tremendo guion) nos ponen, crece en sabor a medida que la resolución se acerca, pero vaya, que tampoco pido yo tanto. Véanla sí o sí, y si no ponen cara de tontito incomodado con cierta escena en la que sale un lobo disecado... háganmelo saber.
Saludos arquetípicos.

miércoles, 12 de junio de 2013

El iluso



Hacer hoy día una película como BILLY LIAR (50 años la contemplan) podría dar motivo a una urticaria/rechazo poco menos que significativa ante el canto hedonista llevado a cabo por John Schlesinger en una de sus primeras (y mejores) películas, y que amplificaba la onda expansiva que se encontraba de inicio en la estupenda novela de Keith Waterhouse. No sólo se trata de una ridiculización de cada molécula glorificadora de la familia tradicional y su inacabable muestrario de trampas mortales (cepos morales) para el joven soñador, sino que elevaba la figura del holgazán rompecorazones a la altura del único verdadero héroe admisible en una sociedad dominada por la represión y la mediocridad. Esta tan marciana descripción se llamó, no sin sorna británica, The Leading Man, y tuvo en Tom Courtenay su encarnación más certera y entrañable, la más recordada desde luego. Este Billy Fisher abre su incesante dentro/fuera montando una fantástica orgía circense/militar en mitad de su asquerosamente aburrida ciudad de provincias, sólo para despertar apoyado en uno de los ataúdes del asquerosamente aburrido trabajo que desempeña en la funeraria local. Billy quiere irse a Londres y ser guionista, pero su ídolo es un mediocre con brillantina en el pelo; Billy tiene una... dos... tres novias que no se conocen entre sí, y a cada una les ha regalado flores y les ha hecho promesas de matrimonio, pero la única chica que de verdad lo quiere es, curiosamente, la más guapa e inteligente, así que para Billy se trata de una quimera inalcanzable. Es decir, que Billy Fisher nos es mostrado como un iluso irreductible, un tipo incapaz de salir de sus estrambóticos sueños de rebeldía precisamente porque en la vida real es un pelele apegado a sus ritos y costumbres. Cuando llega la hora de la partida, Billy debe decidir, porque si cambiase de golpe toda su vida a lo mejor ahí se acababan todos los sueños... Decididamente es imposible hacer hoy día una película tan de otro mundo...
Saludos de mentira.

... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!