jueves, 24 de septiembre de 2020

De obras maestras


 

Doce años, maldita sea. Si me lo dicen hace algunos no lo hubiera creído. Doce años (y algunos meses) han tenido que pasar para que apareciera aquí una de las obras maestras más incontestables de todos los tiempos. STAGECOACH, de John Ford; o cómo contener toda la condición humana en el exiguo espacio de una diligencia, maravillosa metáfora de lo que somos en tanto que seres humanos, pero también de lo que nos gustaría ser, de lo que nunca seremos. Una película rarísima en su concepción, casi suicida; que presenta a su protagonista con un salto de eje tan mal hecho que ya es historia del cine, y que luego Ford emplea como un recurso narrativo, inventando la "imagen psicológica". Cine imperfecto, cine perfecto. Una película donde las apariencias importan más que las certezas, y en el que el arrollador guion de Dudley Nichols apoya a sus personajes en perpetuos fueras de campo, como una historia que no cesa de contarse, precisamente para comprender lo que sucede en tiempo real. Y son muchas cosas. Un médico alcohólico, cuya condición apenas le permite ayudar a los demás, y de ahí su abandono autodestructivo, aunque punteado de jocosas sentencias, como las que dedica a un apocado representante de whisky, al que todos confunden con un reverendo, y al que (evidentemente) se pega como una lapa. Dos mujeres, tan distintas que casi parecen dos caras complementarias de la feminidad; una es la angustiada esposa de un militar, al que no logra llegar para que éste vea nacer a su hija, y la joven de vida disoluta, harta de ser zarandeada y expulsada por la hipocresía de las "defensoras de la moral", a quienes representa el marido de una de ellas. Y, por si fuera poco, un jugador profesional, ambiguo en sus rendidas atenciones a la mujer embarazada, o quizá sincero, como él mismo se encarga de revelar en su última frase. Y ese protagonista desenfocado, marcado por la imposibilidad de encontrar su lugar, cautivo del sheriff al mismo tiempo que inusitado (e involuntario) líder de este heterogéneo grupo, y que también parece atisbar su última esperanza en la desesperanza de la mujer expulsada, aunque no le quede más remedio que batirse en un último duelo que podría costarle la vida. Esa diligencia, barco de almas, asediada por los indios, contenedora de toda nuestra incomprensión y crueldad, pero también de toda la esperanza y solidaridad (el bebé como metáfora de que la vida siempre se abre paso), viaje infinito que nos devuelve y nos pone en nuestro sitio, y nos recuerda que enfrente hay otro, y a la izquierda, y a la derecha quizá...

Obra maestra absoluta.

Saludos.

No hay comentarios:

... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!