Los miércoles, a partir de hoy, tendrán iniciales, que serán B.B. Porque queremos rendir un pequeño homenaje a Brigitte Bardot, que también se sumó al triste aluvión de desapariciones en el ámbito cinematográfico. Habrá, supongo, a quien le parezca demasiado homenaje para tan poca actriz, pero a mí la Bardot siempre me ha parecido una estrella, en el amplio sentido de la palabra; una de esas personalidades deslumbrantes, cuasidivinas, que nunca estuvo tan cómoda con su condición de sex-symbol, pero lo cierto es que la explotó como nadie, hasta que un día decidió que era hora de que la estrella se retirase. Es eso, por supuesto, pero tambien (lo digo siempre) la impagable oportunidad de pasear el blog por filmografías, películas que a lo mejor no estarían aquí de no ser por circunstancias como ésta. Por ejemplo, iniciamos con MANINA, LA FILLE SANS VOILES, que si no es la primera aparición de la Bardot en pantalla por ahí debe ir. De hecho, el principal reclamo (y casi el único) de esta discreta comedia romántica era esa explosiva chica en bikini (hablamos de 1952), que probablemente aún ni era mayor de edad y que de alguna manera venía a adelantar a la Harriet Andersson de UN VERANO CON MÓNICA, aunque no sería justo comparar ambas cintas. El film, muy estirado, comienza con un soñador estudiante de Historia, que ha calculado así a vuelapluma encontrar unas ánforas antiquísimas en una remota costa italiana. Allí está Manina, hija del farero, que primero tiene trece años, pero en el segundo viaje ya es lozana dieciochera, por lo que el aprendiz de arqueólogo cae fascinado. Es de reseñar la aparición del actor suizo Howard Vernon (EL SILENCIO DEL MAR) como el malo de la peli, mientras que a este lado de los Pirineos nadie podía sospechar que hubiese mujeres tan bellas... y con tan poca ropa. Una fruslería de apenas 80 minutos, que se ve sin muchos aspavientos y a otra cosa...
Saludos.

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