viernes, 21 de febrero de 2014

Cierto y escondido



Uno siempre espera una película como LA HERIDA. O que otra película, de las muchas que componen el normalizado panorama patrio, pueda llegar a transformarse en lo que el primer film del montador Fernando Franco rebosa, y lo rebosa incluso hasta el aborrecimiento. No tan radical como propuestas similares (LA INFLUENCIA, LA LÍNEA RECTA...), aunque con la vocación de conciliar su minimalismo textual con la necesidad de abandonarse al rostro de su acaparad(or)a actriz protagonista, LA HERIDA prefiere no sojuzgar cuál es el verdadero problema de esta mujer egoísta y amoral hasta lo insoportable, y que casi encuentra su único consuelo en su trabajo de traslados en ambulancia, donde se siente al menos útil. Lo demás es un grito interior y ahogado por capas de rencor, frustración y una tendencia autodestructiva con algo de innegable artificio. Me gusta la película, pero me esperaba otra cosa que me cuesta decidir cómo escribir aquí; no sé si por saturación de retratos similares, por insensibilidad o simplemente es que me da que la terible Academia tiene bien atada la "película de actores"... ¡de actores! Me sorprendería que fuera así, pero me hace pensar que los dos mejores actores de esta edición (Álvarez y Fernández) han contribuido con sus galardones a aupar inconscientemente a ese otro cine que maltrata a la persona que se hace otro por completo. Es rebuscado, lo sé, pero aún más lo es este desapasionado film, cuyo latido parece extinguirse como la imagen que incesantemente buscan los ojos de Ana 26. Y deberíamos llamarla así.
Saludos.

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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!